
El hombre de negro huía por el desierto y una legión de saharianos iba en pos de él, acusándolo de espía y amenazándolo de muerte.
Sin embargo, no era ningún espía. Tan sólo era un hombre que cruzaba el desierto. Sin caballo, sin jeep. Tan sólo con el ímpetu de su espíritu, que otorgaba a su cuerpo la energía de mil guepardos.
Los amplios ropajes sólo permitían ver los ojos del hombre, que lo detalaban como europeo. Eran unos ojos gatunos y profundos, de color marrón verdoso, enmarcados por unas pestañas largas y arqueadas. Molestas para él, porque chocaban con los cristales de sus gafas.
Nadie supo por qué atravesaba el desierto.
Cuando llegó al puerto, nadie supo por qué quería cruzar el océano. Las autoridades intentaron impedírselo, primero con palabras, luego con la fuerza. No obstante, el hombre se zafó de toda resistencia, dejó caer sus ropajes en el muelle y se lanzó al mar.
Al principio, los gritos de terror inundaron el puerto, pero se tornaron en gritos de sorpresa cuando vieron al hombre surcar las olas con la destreza de un tritón.
Los gritos de sorpresa se repitieron en la orilla opuesta, cuando lo vieron cubierto de algas y empapado de agua salada hasta el alma. Intentaron detenerle para interrogarle, pero una vez más, se zafó de todos los obstáculos.
Cruzó la ciudad, ante la estupefacción de todos al comprobar que tenía la misma energía que el primer día de su largo viaje.
Cuando llegó a casa, ella se arrojó a sus brazos, con los ojos rebosando lágrimas, con toda la pasión que había acumulado en todo el tiempo que estuvieron separados.
-¿¿¿Dónde has estado???
-¿Recuerdas cuando te dije que por ti atravesaría desiertos y cruzaría océanos? Pues lo he hecho, por si seguías pensando que soy un exagerado.
Mun, la Duendecilla Cuentacuentos.
Fotografía: A journey to a new life, de Fatallook