
Padre, yo me confieso
de que vivo en un piso con mis padres.
No es grande ni lujoso,
pero tiene una tele LCD,
DVD y cómodos sofás
(uno para las siestas).
Y en mi habitación, con buena cama,
tengo un ordenador con Internet,
DVD, pantalla plana y ratón y teclado wi-fi.
Padre, yo me confieso
de que me gusta usar maquillaje y colonia,
aunque nunca en exceso,
pero me gusta guiñarle un ojo al espejo.
También me confieso
de que tengo más de una muda diaria en el armario
y aunque no miro la marca
no me conformo sólo con la talla.
Padre, yo me confieso
de que estas Navidades he comprado regalos
y he escrito una carta a los Reyes Magos
Y, padre, le mentiría
si le dijera que no me sentiría decepcionada o extrañada
si la mañana del 6 de enero
no hubiera nada para mí.
Padre, yo me confieso
de que sé que hay niños que mueren de hambre cada día,
niños explotados en fábricas y minas
(Shhh, calla, conciencia mía, trabajamos en una ONG, recuerda).
Padre, yo me confieso
de que no soy espartana,
de que casi con lo que vivo,
incluso el ordenador desde el que escribo,
es absolutamente innecesario.
pero es un virus que ya me devoró hace tiempo
y que yo misma me negué vacunar,
tal vez por vagancia,
tal vez por comodidad.
Pero al menos, padre, puede absolverme
porque no tengo el cinismo
para acusar a mis semejantes
de consumismo.
Mun, the Consumist Doll
Fotografía:
AlternHATE - Holy Greed, de
Sh4vo