
Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse. La arrancaron de su bucólico hogar sin previo aviso y sin explicaciones. Ni siquiera le dio tiempo a gritar o a reconocer a su raptor. Sólo cuando llegaron a palacio, y él sólo podía darle un motivo:
–Lo siento, pero no pude evitarlo. Eres tan bella…
Fue la misma razón que le dio a la madre de la chica, cuando por fin descubrió dónde tenía escondida a su preciada hija. Ella le respondió con una mirada que podría prender fuego a todo lo que rozara.
–¡¡Y BIEN PODRÍAS HABERME PEDIDO PERMISO!! ¿¿NO TE PARECE??
–Me habrías dicho que no. Así que tuve que hacerlo sin más. Además, conmigo ella será más feliz, eso ya lo sabes.
–¿¿¿QUÉ PUEDES OFRECERLE TÚ QUE NO PUEDA OFRECERLE YO???
–Ella sería la Reina de los Infiernos junto a mí. Todo mi mundo sería el de ella y tendría mucho más poder y estatus que contigo.
–¡A ella nunca le importó el poder! De hecho, ella era feliz conmigo en el campo, jugando con los animales, tejiendo garlandas de flores, paseando por las praderas…
–Yo a ella la veo mucho más feliz desde que la llevé a mi reino. Anoche cenó muy gustosa unos granos de granada y la noté radiante, como la reina que es y que tú nunca la has dejado ser.
–¡Ella es la reina de mi casa! ¡A mi lado es muy feliz! ¿Quién eres tú para decidir su felicidad?
–No hay nada más que hablar. Yo amo a tu hija y ella me ama a mí. Nos casaremos esta misma noche.
–¡Eso si yo no lo impido!
–¿Ah, sí? ¿Y qué piensas hacer?
–¿Has visto el eterno invierno al que he sometido a la Tierra todos estos meses mientras buscaba a mi niña? ¿Has visto cómo he hecho los cultivos infértiles y han perecido todas las plantas y los árboles? Pues hasta que no me la devuelvas, no pienso devolverle la vida a la naturaleza.
–Hermanita, no tenemos por qué ponernos así… ¿Qué te parece si vamos a Zeus y que nos haga de juez entre ambos?
Perséfone permanecía inmóvil en un rincón, escuchando toda la discusión sobre su custodia, como espectadora de una sala de cine. Se preguntaba si alguno de ellos habría notado su presencia. De hecho, percibieron su queda voz de piano como si viniera arrastrada desde mares de kilómetros:
–¿Y por qué no me preguntáis a mí?
Mun, la Duendecilla
Cuentacuentos

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Fotografía:
Persephone, de Ghost Alice
Dedicado a mi querida Roadmaster, enamorada de Perséfone y su leyenda