
Vivimos en un juguete olvidado, cuyo dueño habrá recordado al limpiar el cajón de los objetos inservibles. Seguramente se trate de un niño tan impresionable como nosotros, que hacemos de un fenómeno tan natural un acontecimiento único. Por eso decidimos salir al portal a contemplar la danza de esos copos que no se conforman con fundirse en el suelo. Vuelan, giran como una bailarina en su cajita de música, bailan un vals en grupos y parejas. Todo para eternizar ese viaje que no quieren que acabe nunca. Hipnotizado, me comentas que te recuerda a las escenas romanticoclichés del cine estadounidense y, como cualquier anécdota casual de nuestras vidas, la conviertes en una línea más de nuestro cuento de hadas.
Trato de explicarte que vivimos en una bola de cristal, de ésas en las que la nieve cae cuando la giras, y antes de que mi descubrimiento se convierta en confesión, me besas. Y yo hago trampa y abro los ojos para ver tu expresión desenfocada, que siempre me ha parecido tan graciosa. Entonces vislumbro sobre tu cabeza la luna. Por primera vez me fijo en que es una sonrisa gigante formada por huecos y dientes de leche.
Es la primera vez que el dueño de la bola nos ve. Somos una novedad curiosa que devuelve el atractivo a su juguete. La luna se hace más grande y vibra en carcajadas. Eso me hace saber que en cuanto entremos en casa volverá a hacer girar la bola.
Mun, the Snow Doll
Imagen: The Crystal Ball, de Pretty Nasty
Dedicado a la excelente compañía de una tarde de nieve, sofá + película + manta.