
Me costó mucho llegar a casa de Wendy. No porque no me supiera el camino, sino porque casi muero esquivando a toda la gente que iba y venía de hacer las compras. La verdad es que nunca he entendido por qué la gente compra tanto en estas fechas, ¡si para los regalos ya estamos nosotros! No sé quien se inventó eso de que los Reyes y Papá Noel son los padres. Ahora, desde que los niños ya no creen en la Navidad, en el Polo Norte y Oriente estamos muy tristes. Y los duendes especialmente. Cada vez que un niño dice “Los Reyes Magos no existen” o “Papá Noel no existe”, un duende o un paje muere. Sí, como las hadas.
Aquel año Wendy no había escrito ninguna carta. Ni a Papá Noel ni a los Reyes Magos. Y eso nos preocupó bastante. Por eso mi amo me envió a buscarla, para ver si podía saber por qué había dejado creer en nosotros, en la Navidad. Además, yo era el duende encargado de Wendy, el que la vigila cada día para ver si se porta bien. Y es una niña muy buena y estudiosa. En sus cartas no sólo pide cosas para ella, sino para sus hermanos y sus padres. Y siempre le hemos traído los juguetes que nos ha pedido. Pero ese año no recibimos ninguna carta de ella. Y nos temimos lo peor.
Por fin llegué a su casa. Después de evitar que me pisaran cuatro señores enterrados en bolsas, que me atropellaran tres coches apresurados y quedarme ciego con las centenares lucecitas navideñas que adornan la ciudad en esas fechas. No me costó nada escalar los balcones hasta llegar al suyo, y colarme por él hasta su habitación. Wendy estaba estudiando, como siempre, aunque tenía en los ojos un deje melancólico que jamás le había visto antes. Y entonces me di cuenta que en su habitación casi todos los juguetes que le regalamos en años anteriores ya no estaban. Ni las dulces muñecas con las que disfrutaba peinándolas, vistiéndolas y tratándolas de “hijas”. Ni los castillos de princesas en los que recreaba sus propios cuentos de hadas. Ni el tren eléctrico con el que se podía pasar horas inventando viajes. Cualquiera podría decir que se estaba haciendo mayor, pero Wendy sólo tenía nueve años.
Sólo un oso de peluche suave y marrón había sobrevivido de aquella inexplicable purga. Estaba tendido sobre la cama, en la misma posición en la que ella le había dejado caer sin cuidado. Parecía un guerrero derrotado. Me acerqué a él y lo reconocí: las Navidades pasadas, yo mismo envolví a ese osito y lo cargué en el trineo. Antes de meterlo en caja, estaba radiante, porque sabía que su dueña sería una niña buena y alegre. Y ahora, sus pequeños ojos negros me miraban tristes y desilusionados. Lo levanté como pude y lo senté en la colcha. Entonces me di cuenta de que Wendy nos miraba extrañada. Volvió a coger el peluche y lo enderezó dubitativa. Luego, reanudó su estudio.
Fue entonces cuando me percaté de que no me veía. Pero sí se había dado cuenta de que ella no había dejado al osito sentado. No me decepcionó mucho el hecho que no me viera. Al fin y al cabo, es una de las penas asumidas que tenemos los duendes. No me importaba, al contrario; me puse contento porque ya sabía qué hacer para verla sonreír.
Cogí los brazos del osito y los moví alternativamente. Luego hice lo mismo con las patitas. Ensayé toda clase de movimientos a espaldas de Wendy, que seguía concentrada en su libro, hasta estar seguro de poder controlar bien el peluche. Entonces, con un pequeño esfuerzo, lo cogí por detrás y le hice dar un par de botes sobre la cama. Entonces Wendy se giró de nuevo, sobresaltada, y miró al peluche con cierto temor. Se acercó a él lentamente, interrogativa, y yo me dispuse a bailar con el osito un vals imaginario, al ritmo de una canción que tejía en mi cabeza y que hilaba con un tenue tarareo.
Estaba muy nervioso, porque no sabía qué consecuencias podría tener mi actuación, y también debo confesar que no soy un estupendo bailarín. Pero me alivié al ver que la mirada de Wendy no era de terror, sino de un asombro encantador. Seguía todos los movimientos del oso con deliciosa expectación, y poco a poco aquella mueca se iba convirtiendo en una sonrisa emocionada. Finalmente, puse el osito de pie, justo ante ella, con uno de los bracitos tendido hacia la niña, como si la invitara a compartir con él la siguiente pieza. Ella vaciló unos instantes, pero después tomó al peluche, lo apretó contra el pecho y bailó con él un nuevo vals. Yo me quedé sentado en la cama, mirándoles fascinado. Wendy estaba radiante. Mientras con sus ágiles pasos dibujaba círculos por toda la habitación, pude ver en sus ojos más luz que todas las luces navideñas del mundo humano.
Creo que estuvo bailando cerca de media hora, hasta que finalmente se dejó caer sobre la cama con el osito en brazos, justo a mi lado. Lo abrazó con el mismo cariño que quien abraza a un ser querido al que hace años que no ve, y le confesó entre sollozos de felicidad:
–Y yo que no pedí a los Reyes que te dieran vida porque no pensaba que pudiera ser… A ti no te regalaré, como a los otros.
Cuando llegué a casa de Papá Noel, le dije lo que había sucedido. Entonces comprendió que Wendy no necesitaba más juguetes, sino un compañero de juegos. Es por eso que ahora vivo en su casa, animando a su osito de peluche como si éste tuviera vida propia. Y yo deseo que algún día me vea y me reconozca, aunque eso rompiera su ilusión por tener un muñeco con vida. Me gustaría que me llamara por mi nombre y me adoptara como un nuevo compañero de juegos; convertirme en su mejor amigo. De todos modos, soy feliz viviendo con ella jugando, ayudándola a estudiar, viéndola crecer… ¿Y sabéis? Antes, cuando Wendy cumplía años, me ponía triste porque sabía que ya quedaba menos para que nos dejara de escribir. Pero cada año escribe cartas a mi amo pidiéndole muñecas nuevas con vida, que luego yo animo como marionetas. Y yo también escribo a mi amo, pidiéndole que algún día Wendy deje de escribir para decirme a mí en persona lo que quiere para Navidades. Papá Noel me dice que de momento, eso no es posible, porque los humanos aún no están preparados para romper la barrera que separa a la magia de la realidad, pero todo se andará.
Mun, the Christmas Doll
Al hilo de la propuesta solidaria de Mundoyas
Dibujo: Christmas Angel, de Cippow25