
–¿Por qué el mar es azul? –preguntó Nausícaa mientras sus ojos se sumergían en las olas.
Si existiera alguna persona con voz de sirena, ésta sería Nausícaa. Ulises utilizaba La Odisea de Homero para esquivar la hipnótica mirada turquesa de la muchacha. Pero ante la voz de ella, no se pudo resistir a responder.
–N-no sé… –balbució– Creo que es porque refleja el cielo… o algo así.
–Eso es una leyenda urbana. El mar en sí es azul.
Ulises procuraba mantener la vista en las líneas del libro, que se tambaleaban junto al traqueteo del tren. Odiaba estar en aquellos asientos que no sólo te obligaban a ir de espaldas, sino a estar sentado cara a cara con un desconocido. Y es que no había algo más incómodo que buscar un lugar donde posar los ojos que no fuera la persona de delante. Mucha gente se toma las miradas como un desafío, otras como una invasión y otras como un indicio de acoso. Y en esta ocasión, el invadido/desafiado/acosado era él.
Hacía más de una hora que se habían subido en el tren, tras dos tediosas horas de autocar desde la estación de Sants. No lo quería admitir por temor a resultar un engreído para sí mismo, pero había jurado ver a esa chica apartar a la gente para asegurarse un asiento a su lado. Y cuando se subieron en el tren, la casualidad quiso que ella compartiera el asiento opuesto al de él. Aunque tenía dudas sobre si era el que le correspondía.
–Entonces, ¿por qué el mar es azul?
Esta vez, Nausícaa le había golpeado la rodilla, exigiendo una nueva respuesta. Y él tuvo que mirarla de nuevo. Aquel luminoso rostro aniñado y aquella bonita silueta habrían bastado para que cualquier hombre dejara la lectura de lado y se perdiera en su escote. Sin embargo, a Ulises le había llamado la atención lo bien que le sentaba aquella boina en su ondulada melena azabache, y el aspecto de marinera que le daba ese jersey a rayas rojas y blancas.
–¿No me vas a responder?
Ulises no estaba para impartir clases de ciencia. Ni siquiera para cortejar a una linda jovencita. Sólo quería llegar a casa.
–Mira, no estoy para eso. Estoy hecho polvo porque llevo tres horas de viaje, y las que nos quedan. Encima estoy cabreado porque me he enterado de que no nos devuelven el billete. Y tengo hambre y sueño. Y sólo quiero llegar a casa para cenar e irme a la cama pronto.
–Pero si hablamos, el viaje se hará más ameno, ¿no crees?
–Bueno, pero yo ya estoy con mi libro. Hay más pasajeros en el tren, si quieres.
Pero el resto de viajeros dormía. Y Nausícaa se había fijado en Ulises. Cualquiera de sus amigas le preguntaría qué había visto en un cuarentón soso y fofo, que ni tan sólo tenía la elegancia suficiente para llevar aquel traje. Y ella respondería que era el único que se dignó a ayudarla a subir una maleta que pesaba más que ella. Y que le atraía su mirada tímida e inocente, en desacorde con el resto de su aspecto.
Entonces la chica sacó un cuaderno de su bolso y un lápiz. Y con los ojos sumergidos en el mar que pasaba ante ellos en rápidas diapositivas, se puso a dibujar. Su lápiz hacía de él una fotografía perfecta, y Ulises no podía concentrar de nuevo su mirada en la lectura. Se encontraba hipnotizado por la danza del carbón sobre el papel, en el que trazaba unas olas perfectas que parecían moverse con vida propia. Sólo reaccionó cuando Nausícaa guardó el lápiz y sacó un crayón lila.
–Pero si el mar es azul…
–Bueno, no me has dado ningún motivo para ello. Y me gustaría ver un mar lila.
Antes de proseguir con la coloración de su obra, la muchacha escrutó a Ulises de nuevo con una sonrisa entre dulce y enigmática. Y de nuevo, aquellos ojos turquesa que le anulaban toda capacidad de pensamiento y habla. Y de nuevo, Ulises calló.
Ahora era el crayón el que bailaba una pieza de luces y sombras sobre el mar dibujado. Y él intentaba comprender qué quería comunicar la muchacha mediante ese paisaje inventado. Pero, ¿cómo iba a hacerlo, si ni él mismo sabía por qué el mar era azul? Como si leyera sus pensamientos, Nausícaa le respondía:
–En el mundo ya tenemos muchas normas que aceptar. El mar es azul y la hierba es verde. Y por mucho que nos empeñemos, no podemos cambiarlo. Sin embargo, en el arte somos dueños de nuestras normas y de los mundos que creamos. Y si yo creara un planeta, haría un mar violeta, porque es mi color favorito. El lila es el color de la magia, y un elemento tan lleno de misticismo como el mar, no puede tener otro color. Al menos, para mí.
Ulises la continuó contemplando mientras pintaba. Cuando acabó, Nausícaa le entregó la lámina.
–¿Para mí?
–Claro.
–¿Pero por qué?
–No sé. Me apetecía hacerte un regalo. Me has caído muy bien.
Ulises la cogió y la miró. A pesar de los colores, era un dibujo casi tan preciso como una fotografía. Lo dobló en dos y lo guardó en su maletín, junto con las actas de la reunión que había tenido ese fin de semana.
–Si te retratara a ti, te pintaría de marrón.
–¿Marrón por qué? –se sorprendió Ulises.
–Porque estás diluido en la tierra. Eres una abeja más del enjambre… No te lo tomes a mal, no te quiero ofender… Me refiero a que tienes una vida basada en tu empleo, y con una familia a la que dedicas el resto del tiempo. Lo sé por el traje que llevas y el anillo. No vienes de un viaje de placer, sino de negocios. Y si fuera de placer, habrías escogido otro medio sabiendo el follón que había en RENFE.
El hombre la miró embobado. ¿Qué edad tendría? ¿Diecinueve? ¿Veinte?
–¿Sabes qué? Voy a dibujarte a ti.
Acto seguido, Nausícaa le señaló el maletín al hombre y éste entendió lo que quería. Le devolvió el dibujo del mar, sobre el cual la muchacha inició una nueva danza con el lápiz. Estaba fotografiando con sus dedos a un Ulises distinto. No era un Ulises en traje sentado en el tren, sino un Ulises con la parte inferior en forma de pez, sentado a la orilla del mar. Cuando terminó el dibujo, se lo entregó de nuevo al hombre.
–¿No vas a pintarme de marrón?
Nausícaa negó con la cabeza, sin dejar de sonreír.
–El color depende de ti.
Nada más pronunciar aquella sentencia, una voz enlatada anunció por megafonía la siguiente parada. Ulises se apresuró en guardar La Odisea en el maletín y levantarse. Una hora de retraso que apenas había notado.
–¿Te vas?
–Claro, vuelvo a casa. Y tú también, ¿no?
Mientras negaba con la cabeza, le otorgó de nuevo aquella sonrisa tan peculiar.
–¿Entonces a dónde vas?
–Me quedo en el tren y visitaré más sitios. Quiero pintar mi vida de muchos colores.
–Ajá… –respondió Ulises desconcertado–– Ya nos veremos, supongo.
Se dio la vuelta, forzándose a no girarse para verla una vez más. Y se sobrecogió cuando notó la delicada mano de Nausícaa aferrarse a su chaqueta.
–¿Por qué no te quedas?
–T-tengo una familia que me espera… Mi vida… Mi trabajo…
–Pero yo podría pintarte de más colores que el marrón, si vienes a bucear conmigo…
Esta vez, Nausícaa no sonreía. Su preciosa mirada turquesa comenzaba a transformarse en agua y su sonrisa de sirena, en una mueca suplicante. Ulises le acarició la mejilla. Nácar.
–Lo siento, muchacha… Eres una chica muy interesante. Dibujas genial. Y se te ve muy inteligente. Y eres muy guapa. De verdad, eres preciosa. De las chicas más guapas que haya visto nunca. Pero me esperan en mi casa.
Con esfuerzo, Ulises abandonó el tren y tomó el autobús. Los atascos no consiguieron impacientarle, pues él continuaba en su pugna por no recordar a Nausícaa. Ni su voz de sirena, ni su dulce sonrisa enigmática. Ni el baile de sus lápices y crayones. Ni su reluciente melena azabache bajo la boina. Ni su mirada de mar. Si aquella chica tuviera algún color, sería el azul.
Tras casi cinco horas de viaje, llegó a casa. En el salón le esperaba Penélope, sentada en el sillón mientras practicaba punto de cruz. El cabello enredado en rulos que intentaban convertir lo liso en tirabuzón. La bata de guata azul desteñido. Aquellos ojos de color plomo que no sabían hablar. Y aquel abrazo mecánico, resultado de todas las esperas a las que estaba acostumbrada. Mientras la estrechaba contra sí mismo, Ulises comprendió que el gris de Penélope era el color que mejor le favorecía a su marrón.
Mun, la Duendecilla Cuentacuentos
Dibujo: Lost at Sea, de Gorjuss, en Deviantart
Dedicado con mucho cariño a Tormenta, porque que es una chica a la que admiro mucho como persona y como artista, y porque parte de la inspiración de este relato se la debo a sus escritos.