
Como movido por un magnetismo hipnótico, se inclinó sobre ella. Apoyó las manos en ambos lados de la cama, por encima de los delicados hombros de la joven, con cuidado de no aplastar su preciosa melena. Se detuvo a diez centímetros de su rostro y su temblor se acentuó. De cerca, Aurora resultaba aún más hermosa y embrujadora. Pudo apreciar el brillo de sus cabellos soleados, la perfección de su nívea piel y el encanto de aquellos labios rosados que parecían llamarle.
Finalmente, dejó caer su boca en la de ella, al mismo tiempo que cerraba los ojos. Notó su lengua húmeda e inmóvil y la jugosidad de sus labios. El fruto prohibido del Paraíso tendría ese sabor. Bajó las manos hasta los hombros de la chica, sujetándolos con la misma delicadeza con la que uno sujetaría una muñeca de cristal. Y a medida que deslizaba sus labios por los de ella, creyó estar entrando en el cielo.
Tan sumido estaba en el beso que no se percató de la puerta abrirse, de las zancadas frenéticas que iban hacia él, ni de los jadeos agitados a su espalda. Sólo se percató de aquella mano (tal vez una garra) enfurecida que lo asió por la nuca y tiró de él hasta separarle de Aurora y arrojarle al suelo.
Al levantar la vista, lo vio. El enfermero.
La expresión iracunda del hombre era análoga al dragón de acero que usaba de colgante y que se sacudía al ritmo de su respiración. El restallido de sus dientes hizo que Felipe temiera una bocanada de fuego. De hecho, lo que salió de sus fauces fue algo similar:
–Puto cerdo de mierda. Ya sabía yo que no eras de fiar. Como te vuelva a ver por aquí te juro que te mato a hostias.
Cuando Felipe se incorporó, sin salir aún de su asombro, el enfermero lo agarró de la solapa y lo llevó casi a rastras hasta la puerta de la habitación. Luego se la cerró en las narices, no sin antes escupirle lleno de odio:
–Que no te vuelva a ver por aquí nunca más, hijo de puta.
El chico no se atrevió a entrar. Se marchó del hospital con la derrota pesándole en la cabeza. Y nunca supo si fue una alucinación, pero detrás de la cavernosa voz del enfermero le pareció oír un dulce gruñido, similar al de una niña que despierta de una pesadilla.
Felipe no volvió nunca más al hospital. No se atrevía a enfrentarse de nuevo al enfermero. A veces se culpaba por ser un cobarde, para después recordarse a sí mismo que no era ningún príncipe. Cada día que pasaba, el beso con Aurora se convertía en un recuerdo cada vez más vergonzoso. Se dio cuenta de la magnitud de lo que había hecho. Muchas mañanas se levantaba temeroso de tener que desayunar una denuncia por abuso.
Pasó el verano, del cual disfrutó un par de semanas junto a su padre, y llegaron los primeros fríos. No obstante, el chico había notado el frío en su alma desde su último encuentro con Aurora. A menudo visitaba a su abuela en el cementerio y pasaba largas horas sentado delante de la lápida, conversando mentalmente con la persona a la que más había querido en su vida. Le envolvía una soledad pacífica. En el cementerio, no había enfermeros. En los cementerios no había nadie. La gente no tiene tiempo para los que ya no están.
Y una tarde, cuando se dirigía a la tumba de su abuela, le pareció ver un ángel. Estaba de espaldas, arrodillado ante la lápida y depositando en ella un ramo de orquídeas. Llevaba un bonito vestido azul celeste y abundantes ondas de luz caían sobre sus hombros y espalda.
–¿Aurora?
La joven se levantó y se giró, sorprendida. Tenía unos ojos enormes, de un azul casi transparente, con el perfecto marco de sus pestañas rizadas y espesas. Parecían dos lagos de agua pura, cálida y brillante. Cualquiera que la mirara sentía impulso de zambullirse en ellos. Eran unos ojos preciosos, en armonía con el resto de una princesa como ella. Y Felipe agachó la cabeza decepcionado, porque no vio en ellos ni una leve señal de reconocimiento.
FIN
Mun, the Sleeping Doll
Fotografía: Sleeping Beauty, de Angel Demonn
Este cuento cuento va dedicado a mi muy querida Loth, en homenaje a su serie Cuentos Cruentos, que tanto me fascinaron y tantas veces he releído. Un abrazo muy fuerte, sis.



