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martes, febrero 01, 2011

La Época (II)

Mun se despertó a una hora en la que el sol no despunta, sino que hace su presencia más que evidente y acaba de sacar a los más remolones de la cama, cuando no cuentan con una madre cerca que se invente la hora. En la mesa que estaba situada en paralelo al sofá había dos tazas con una especie de brebaje de color marrón, sobre el que unos grumos se resistían a disolverse.
-¿Eso es colacao? – preguntó la bardo al hechicero, que hacía poco que se había levantado para dejarse aún las legañas puestas.
-Sí, el alimento fabricado por los enanos castigados por Isra, que revitalece la fuerza y el maná.
Si había algo que el gran Isra odiara más que la pepsi, eran los enanos. Incumplían con la genética la norma de la barba de los tres días y sus cuerpos tan malhechos parecían figuras diseñadas por un borracho. Todo ello generaba una visión tan incómoda que, para evitar tenerlos a la vista, Isra decidió castigarles en las profundidades fabricando deliciosos productos con los que compensar su ignominia.
-Ah, ahora entiendo por qué tienen esas rocas indestructibles flotando.
El hechicero miró a la bardo ofendido.
-Son grumos y están muy ricos.
-Con nesquik esto no pasa.
Nesquik era un brebaje que también revitalizaba la fuerza y el maná, fabricado por los elfos que envidiaban la artesanía de los enanos. Sin embargo, la delicadeza élfica no encontró rocas indisolubles en leche, y sí un sabor adictivo y mejorado.
-¿¿¿NESQUIK??? ¡EN MI GUARIDA SE TOMA COLACAO!
-A mí, en casa, me dan Nesquik – protestó la joven.
-¿A que te delato a los que te persiguen y te llevo ante las autoridades por lo de “El Pan que Habla”?
La bardo se tomó el colacao sin rechistar, a pesar de que le costó digerir los grumos, acompañado de unas galletas que llevaban manual de instrucciones incluido para abrirlas y lamer la nata de dentro.
-¿Me acompañarías en una misión? –le preguntó Croc mientras disfrutaba de una de esas galletas.
-Soy muy floja.
-Bueno, siempre es gracioso y útil contar con un bardo…
-Mareo las armas antes de atacar.
-Eso lo hemos hecho todos…
-Y soy más ruidosa que unas maracas.
-¡El caso es poner excusas!
Entonces el hechicero miró a Mun muy fijamente, pestañeando a la velocidad de un vendaval, y no diré qué clase de hechizo usó, pero el caso es que la joven finalmente aceptó.

Mientras tanto, en un lugar lo suficientemente alejado de la guarida de Croc como para trasladarse a caballo, un par de encapuchados llamaron a la puerta de una humilde casa. Les abrió un joven con voz de barítono, cabello tan corto y cuidado como su perilla, piel bronceada y vestido con una prenda que servía tanto para dormir como para estar en casa sin escandalizar (demasiado) al resto de ocupantes llamada bermudas. El chico sonreía con seguridad y picardía mientras se palpaba el abdomen, para captar la atención de sus visitantes en aquella musculatura que el pueblo espartano (un poco anterior a La Época) envidiaba.
-¿Qué queréis? – saludó tras un amistoso bostezo.
-Buscamos al Gran Javi, el Maestro Armero y Gran Enciclopedia Histórica.
-Pues no le conozco.
-En el buzón pone que sois hermanos.
-Ah, coño, Javi, esperad que le llamo.
El joven se volvió hacia el interior de la casa y llamó con la mitad de su potencia pulmonar:
-¡JAVI!
Sólo respondió el silencio.
-¡JAVI! ¡JAVI, COÑO!
El joven se dirigió a los encapuchados.
-Perdonad, es que a veces hace viajes astrales a la dimensión paralela Warrohammer y se desentiende de este mundo.
Se metió en la casa a buscarle para descubrir que su hermano no estaba. Con la vergüenza de no poder atender a los encapuchados en condiciones, volvió a la puerta.
-Ha salido – informó con calma.
-Lo que pasa es que no se quiere poner.
-No, que ha salido.
-¿Cuándo?
-Pues no sé, a lo mejor esta mañana. O lleva fuera toda la semana. Y yo qué sé.
-¿Y no sabías que no estaba?
-No.
¿No vivís los dos juntos?
-Sí.
-…Y dormís pared con pared.
-Claro. No querrás que durmamos aún juntos, que tenemos una edad los dos.
-¿Tú te crees que estamos jamaos?
En La Época la gente solucionaba los problemas como en la época actual: a tortas. Aunque eran unas tortas mucho más dignas, en las que se cuidaba algo que se perdió hace tiempo llamado honor. Era muy habitual arreglar cualquier asunto con un buen combate, desde el regateo sobre precio del pan, como la venganza por la muerte de un padre. Y estos señores encapuchados, que sólo querían arreglar el tema del paradero de Javi, desenvainaron sendas espadas.
-A ver, que a mí no me van esas cosas – se defendió el chico –. Que me llamo Albertónidas porque mi abuelo se empeñó, no por otra cosa, pero yo soy más de diplomacia, de hablar, de hacer las cosas como un adul…
-Entonces dinos dónde está Javi.
-¡Que no lo sé! Pero decidme qué queréis y a lo mejor os ayudo yo. Y de paso, cobro yo el botín, que nunca me viene mal.
-Hemos venido a que nos haga unas armas y nos las pinte.
Albertónidas esbozó una sonrisa tranquila.
-Pero eso yo también puedo. Es oficio de familia.
-¿Nos dejas pasar entonces?
-Después de haberme intentado matar.
-Venga, hombre, que era broma. Ya no lo volvemos a hacer.
-Vale, pero guardáis las espadas y os descubrís las caras.
-Si tú te tapas el cuerpo.
Albertónidas hizo pasar a los visitantes con un suspiro.

Mun, the Bard Doll

Dedicado a Croc, a Isra, a Albertónidas y a Javi, que no le he cambiado el nombre porque si no lo de "¡JAVI, COÑO!" no tendría gracia. Y sólo tendrá ilustración si uno de ellos la hace.

lunes, noviembre 29, 2010

La Época (I)


Érase una vez una era que decidieron no documentar, debido a lo poco creíble que fue. Era aquella época de la historia en la que existieron los elfos, aunque jamás se encontraron fósiles de éstos, cuando las carreras universitarias y profesiones se llamaban “clase” y cuando los orcos eran algo más que un humano muy feo.

Esa época no era una realidad paralela de los libros de fantasía y de los juegos de rol. Esa época realmente existió y fue condenada a ser censurada en los libros serios, porque era tan fabulosa que temían que los niños se la creyeran demasiado y organizaran una revolución para volver a ella.

Se la conocía como La Época.

La única religión oficial de La Época era el israelismo, en la que se adoraba a un dios único, por encima del bien, del mal y de lo neutral, llamado Isra, mucho menos opresor que Zeus, Hextor y que otros tantos. Isra sólo pedía tres cosas: que los hombres llevaran el pelo corto (las melenas eran una ordinariez que sólo servían para que los piojos tuvieran columpios), que no llevaran barba mayor de tres días (pinchan) y que una vez al día se le ofrendara una bebida con capacidades curativas y regeneradores asombrosas llamada cocacola.

Pues a este dios, Isra, estaba rezando un poderoso hechicero que vivía recluido en el bosque. Era un joven con ese aire misterioso que sólo pueden tener los hechiceros. Era moreno, y no se había dejado crecer el cabello no por creencia israeliana, sino porque si no parecería un aprendiz torpe que hubiera tratado de hacer experimentos poco seguros con el rayo. Tenía la piel blanca como la corteza de la luna, y vestía una túnica verde oscuro con la que se camuflaba entre los árboles.

Era delgado, como si le hubieran dibujado con sólo un par de trazos, pero no era una delgadez enfermiza, sino bien diseñada. Parecía un ser del aire, que con sólo una caricia de viento pudiera flotar. Sin embargo, aquella constitución era todo un hándicap en un mundo en el que combatir era algo tan común como tomar una caña en nuestros tiempos y por eso a este joven no le quedó otra opción que estudiar magia para sobrevivir.

Y era bueno en ello. Muy bueno. Aunque en sociedad negara siempre ser un hechicero.

Tal vez la joven que le espiaba tras un árbol debió informarse antes de las habilidades de este brujo. Si lo hubiera sabido antes, no se habría detenido a escuchar cómo suplicaba a Isra entre oraciones que le revelara el secreto de crear una Daga Poderosa a Dos Manos. Lo que no comprendía es que su dios no le concedería este deseo porque su barba bien recortada sobrepasaba por mucho los tres días reglamentarios.

Y tal vez la joven debería recordar que unas botas de cuero con tacón no son lo más silencioso del mundo.
-Espero que no seas una pícara, porque si no, menudo futuro... - le espetó el hechicero a la muchacha tras descubrirla.
Algunos dicen que el brujo utilizó algún hechizo silenciador para entorpecer la lengua de la chica, que de pronto no podía conectar dos palabras debidamente. Otros, que esto se debía a otra cosa más misteriosa y que mencionar aquí sería muy cursi.
-Bien, ¿qué quieres?
-Escondite. Estaba huyendo.
-¿Una chica? ¿Huyendo? ¿Hay bandidos y gente mala por aquí?
-Bueno, no son gente mala, malo es lo que les he hecho.
-¿La bandida eres tú?
-No, yo sólo soy bardo.
-Anda, qué cosas... - La mirada gatuna del brujo brilló con interés.
-...Y estaba actuando en una posada esta noche... y decidí pasar a mi especialidad, contar chistes.
-¿No utilizarías el Libro de Cristian?
La bardo tragó saliva antes de hacer la terrible confesión:
-Conté el chiste de “El Pan que Habla”.
El brujo ahogó un grito de horror. Aquello era casi peor que beber Pepsi en un templo de Isra.
-Es mejor que te refugies en mi guarida antes de que alguien te encuentre.
El hechicero vivía en una cueva en el que orden estaba trazado con tiralíneas. Los muebles estaban colocados a escuadra y cartabón y los frascos de pócima parecían estar en formación en las estanterías. Hasta la cama estaba hecha al estilo lifting.

A una distancia prudencial de la cama había un sofá que no tenía ni siquiera hoyo de asiento.
-Tú duermes ahí – señaló el hechicero con la autoridad de un templario.
-¿Cómo? ¿Así tratas a las chicas que subes a casa?
-De momento, sofá. Capaz eres de contarme en sueños “El negro que se tira del avión”.
-¡Pero si en esta época no existen los aviones!
-Me da igual. Yo quiero dormir con todas las neuronas.
La bardo se dejó caer en lo que sería su cama esa noche.
-¿Cómo te llamas? Mamá me dijo que no me metiera en casas de extraños.
-Croc.
-Qué bonito, suena a dragón... Saldrás en los cuentos graciosos que cuente la bardo Mun.

Mun

Este cuento va dedicado, una vez más, a esos señores tan encantadores que se pasan los domingos jugando al rol conmigo. Y a Cristian. Y a los chistes de Cristian.

Últimamente estoy muy perezosa para buscar ilustraciones, pero la única ilustración que puede acompañar a este texto sólo la puede hacer uno de mis roleros.

ACTUALIZACIÓN: Ya tenemos ilustración. Bardo no es uno de mis roleros, pero sí un ingenioso bardo de las imágenes y las palabras. ¿A qué sabrá la Orca-Cola?

Y sí, hay más partes, y TODOS esos señores encantadores salen.

viernes, junio 18, 2010

Operación

Necesito operarme aquí, es una urgencia. Sé que el traqueteo no es lo más favorable para la precisión, y que a las siete de la tarde no voy a tener la intimidad necesaria para la concentración, pero es ahora o nunca. Tengo esta historia dentro de la cabeza todo el día, zumbando por mis neuronas, asfixiando al resto de ideas. Necesito abrirle una vía con este bolígrafo y derramarla sobre el papel, sino creo que me fundirá el cerebro y moriré. Es muy urgente, ¿lo entiende? ¿Me cede el asiento, asiento, por favor?

Mun

Dibujo: On a train with a coyote ghost, de Basia Konczarek

miércoles, diciembre 23, 2009

Otra carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos,
Este año no pienso pediros juguetes, aunque esto lo sabréis porque llevo años sin pedirlos. Sobre las colonias, los reproductores de música, la ropa interior y exterior no os preocupéis. Prefiero ir a buscarlos yo sola, aunque me tenga que enfrentar a las resabidas hordas de zombies comprarregalos, más guiados por el “quedar bien con el otro” que por el “gusto del otro”.

No. Tampoco os pienso escribir en el idioma de la corrección política una carta que pida la paz en el mundo que no me importa. Cuando me levanto por las mañanas pienso en mí, en rogarle cinco minutos más al despertador, en las tareas pendientes del día, en dónde encaminar mi vida profesional, en lo mucho que echo de menos a mis amigos, en llamar a papá y mamá y en ver de nuevo a mi pareja cuando vuelva a casa del trabajo. Y antes de acostarme pienso en el día siguiente y tacho un día más del calendario hasta alguna fecha señalada. No, no pienso en países menos favorecidos que el mío, ni en niños inocentes que sufren las inclemencias de los adultos. No les conozco y no puedo sentir nada por ellos. Bueno, sí que pienso en ellos. En los cinco minutos que dedico leyendo el periódico. Así que no pienso pediros la paz mundial, porque me niego a ser hipócrita. Además, no creo que el mundo se merezca ese regalo, porque no ha sido un niño bueno.

Tras leer esto, consideraréis que no me estoy portando bien. Que soy una egoísta. La única diferencia es que lo reconozco y soy consecuente con ello. Por eso os escribo esta carta de despedida, porque me parece justo prescindir de vuestros servicios si no los merezco. También podría no deciros nada, pero a pesar de todo soy educada y no me gustan las despedidas francesas.

Ya tenéis alguien menos de quien preocuparos. No quiero que os enfadéis conmigo; después de todo os pienso compensar. Vosotros repartís regalos que los niños piden a la carta, incluso después de que sepan vuestro triste secreto. Yo voy a repartir regalos que reparto durante todo el año y que vosotros no podéis. Necesitáis ayuda de un pergamino eterno para relacionar a los niños con sus rostros y nombres, y anotáis sus buenas obras como un profesor anota los puntos positivos en clase. Pero nunca os habéis sentado a jugar con ellos con los propios juguetes que le dejáis en los balcones. No sabéis operar sus corazones rotos a la una de la mañana en un portal, o compartir un café con ellos en un bar que habéis convertido en “el de siempre”, ni sabéis la combinación de la caja fuerte de sus risas, ni comprobar su calor corporal con un abrazo. Yo sí. Y por eso puedo hacer mis regalos.

Y no es un acto altruista. Yo acabo recibiendo lo mismo y por eso entrego.

Felices y descansadas fiestas,
Mun


Mun os desea que hagáis felices estas Fiestas

Fotografía: Ice Crown, de Sarah Beara

miércoles, septiembre 30, 2009

Cómo actuar si un elefante invade la habitación

1. Tápese los ojos.
2. Tápese los oídos.
3. Tápese la boca.

El elefante dejará de estar en la habitación. Incluso cuando usted se vea aplastado por las patas.


Mun, la Muñeca que expulsa Elefantes de su cuarto.

Fotografía: Elephant in the room upstairs, de Fahrmboy.

viernes, septiembre 25, 2009

El día que perdí la voz

“Migraremos a Saturno, tal vez en sus anillos esté la voz que te han robado”.

Fue un susurro que aún no puedo decir si fue real o no, porque lo oí mientras despertaba, así que no sé si formaba parte del sueño o no. Ambas posibilidades son válidas, porque recuerdo que soñé que salía al espacio (sin escafandra) a cazar marcianos fugitivos, y alguno muy pillo pudo haberme robado la voz. El autor del susurro también pudo haber sido mi despertador. Cada mañana me saca de la cama con una idea de ese estilo.

Intento preguntarle si sabe cuál es el camino más corto a Saturno, pero sólo consigo emitir un débil gruñido. Lo intento por segunda vez, con el mismo resultado. Finalmente, trato de pronunciar un sencillo “hola”, y sólo sale algo parecido a un trueno falto de decibelios.

Tal vez es cierto que me han robado la voz.

A veces una sale por ahí y en lugar de dejarse el paraguas o el abrigo en casa ajena, se deja la voz. Lo lógico sería llamar a los amigos con los que estuve, para ver si se la han encontrado en su casa y, en ese caso, si no la han tirado a la basura. ¿Pero cómo llamarles si no puedo hablar con ellos? Claro que puedo ir a visitarles, pero me he levantado con una orquesta que usa mi cerebro como batería, y no hay manera de hacerles entender que su función ya acabó.

Entonces pienso que si recupero mi voz, tal vez pueda convencer a los músicos de que se vayan. Se trata de hacer el pequeño sacrificio de meterme en la ducha, vestirme, desayunar y salir a la calle. Con ellos. Pero si se trata de mi voz, cualquier sacrificio es válido.

El primer paso es recordar dónde estuve anoche, pero es complicado. La orquesta está obstruyendo el paso a mis recuerdos. Los aparto a gráciles empujones y consigo llegar a la sala. Creo que he pisado un cable y he desconectado un amplificador, porque el bajista me mira mal. Me disculpo juntando ambas manos delante mío cual mantis religiosa y entro. Es un bar irlandés al que suelo ir con mis amigos cuando la imaginación se siente demasiado perezosa diseñar un plan atractivo. Sin embargo, alguien ha pasado una goma de borrar encima, porque las mesas, las sillas y la barra se ven difuminadas. Aunque tal vez sea el humo o que me haya olvidado de ponerme las gafas. Como seguramente sea esto último, decido volver a mi habitación, y esta vez los músicos me dejan paso, resignados.

Las gafas están donde siempre, en mi mesilla, sin funda ni nada. Tienen cristales líquidos, porque las lágrimas no acaban de limpiarse bien en ellos, aunque eso ayuda a que no se ensucien tanto. Cuando me las pongo, recuerdo que las tengo que poner del revés para no ver el mundo en escala de rojos y naranjas. Vuelvo a a la sala de los recuerdos. Esta vez, la orquesta resopla porque estoy pisando las notas desafinadas del suelo. Quiero decirles que luego hablamos, pero luego se lo diré. Hay que volver al bar.

Suele ser un bar tan lleno que la gente se sienta una encima de otra. Ir a caballo es lo más común. Pero ahora está todo en escala de marrones y sólo hay una bola de paja sentada en la barra. El camarero hace un castillo de palillos de madera mientras escucha las penas de la bola sobre su amor perdido, un vaquero autista que robó las sandalias de Hermes y le dejó para conquistar nubes sin lluvia. El camarero parece interesado y lo escucha con orejeras de elefante. Me siento al lado de la bola de paja, le robo la botella vacía de cerveza de Trigo Compasivo y escribo sobre la mesa, usando los restos de espuma como tinta. Siempre será más cívico que escribir con la navaja.

¿HAS
VISTO
MI VOZ?

“¿Dónde está el camino a tu garganta? Me ahogo...”

Habla un vaso desde el fregadero, que está haciendo equilibrios entre espuma y otros vasos. El camarero suspira y le llena de más agua hasta que rebosa y enjuaga los demás vasos, que suspiran aliviados. Abro la boca y emito maullidos desesperados.
-Fcreo fque fquiere fun fvaso fde fagua -sugiere la bola de paja.
El camarero saca el vaso parlante del fregadero y lo aplasta sobre la barra para que se calle. Sin embargo, sólo se queja con un “ay”. Lo acaricio para reconfortarlo y me lo voy a llevar a la boca cuando el camarero me pregunta qué quieren mis amigos y si lo pagarán con una canción. Le saco una señal de “stop -vuelvo en cinco minutos” y agoto el vaso apenas sin respirar. Noto algo en el fondo, como una pelota, áspero. Antes de tener tiempo a escupirlo, me lo trago. Sabe a cadena.
-Ellos quieren cerveza. A lo mejor se dejan los instrumentos en el fondo de los vasos y terminan la función.
Por fin. La he encontrado. Pensaba que iba a ser más difícil. Por fin puedo explicar esta aventura sin usar el papel.

Me emociono tanto que lloro. Las lágrimas salen abundantes y es una herida que no coagula, sino que forma una balsa que me arrastra fuera del bar, de la sala. Las olas me mecen, me vuelcan, me envuelven y no tengo miedo, como en aquella playa atlántica en la que casi me ahogo de pequeña. El agua es una nana en la que me quedo dormida.

Hoy he despertado en un anillo de Saturno. Y he hablado con el resto de planetas.


Mun, la Muñeca Cuentacuentos

Dedicado a Niobiña, porque ella lo inspiró.

Fotografía: The Voice of Seduction, de Ben Heine

domingo, agosto 02, 2009

Una compañía molesta (remodelado)

Este es mi último post antes de vacaciones. Me voy a desenchufar del mundo un rato y volveré enchufando a Nebuloso, que también necesita descansar. Este relato, "Una compañía molesta", participa en la categoría de Terror de Monstruos de la Razón. Los que sufráis un Dejà Vu es porque leísteis este relato hace un tiempo.


¡Hey, hola! ¿Qué pasa? Qué pronto has llegado, ¿no? ¿No me dijiste que te ibas al cumple ése del compañero de la uni? ¿Tan mal fue? Bueno, te podrías haber ido con tu niña o algo, me habrías llamado y os dejo el piso para los dos, que ya sabes que no me enfado por esas cosas. Yo a mi bola, como siempre... Por cierto, ¿cómo es que no has avisado? Siempre lo haces... Que no es que me importe, pero no sé... Yo también me subo aquí a mis ligues, más que nada, y no es plan de que me pilles aquí... Oye, ¿qué te pasa? ¿Por qué no dices nada? Vaya cara tienes, blanca, blanca, blanca... ¿Tú has cenado algo?...

Ah... esto... Bueno, no es para tanto, sólo que yo...

Joder, macho, mira que sabía que iba a pasar esto. Es que no se puede tener una convivencia normal. ¡Pues haberlo puesto en el anuncio, tío! ¡Yo qué sabía! Buscabas un chico no fumador y responsable, ¿no? Pues ya está. Además, cada mes te pago el aquiler, como un reloj. ¿Y cuándo te he molestado? Será que no te he dejado dormir, ¿eh, eh? ¿Qué problema tienes, tronco? ¿Ahora me tienes miedo? Joder, si cuando vine no parecía caerte tan mal, ¿no? ¿Qué pasa? ¿Que no te lo esperabas? ¿Tenía que venir vestidito de negro para que te dieras cuenta? Tú has leído demasiadas tonterías, macho. Que no, que no somos así, nene. Métetelo en la cabecita.

Oye, oye, tranquilito, que en cuanto termine me largo. Y hasta te lo dejaré todo limpito, como al niño le gusta. Y que sepas que la culpa es tuya por pasar sin llamar. ¿Es que te hecho eso alguna vez yo? Ah, ya, piensas que iba a por ti, ¿no? ¡Jajajajajajaja! Madre mía, lo que hay que oír... ¡Que no, tío, que no me gustas! A ver si te queda claro ahora. ¿Pero tú te has visto? Por tan poca cosa como tú no me despeino. Por tu novia, aún. Pero por ser colegas te la habría respetado y todo.

Qué decepción, tronco, de verdad. Me has decepcionado más tú a mí que yo a ti. A ti que te va tanto nuestro rollo, pensaba que nos íbamos a llevar bien, pero ni eso. Será que vosotros os creéis superiores, la historia de siempre. Joder... cada uno se alimenta de lo suyo, ¿no? Si hasta mejor para ti, menos gastos, ¿no? Bueno, bueno, que si te me vas a poner con el dramón me largo y aquí no ha pasado nada, ¿vale? Venga, no empieces. Tampoco te lo he dejado muy guarro, ¿no? No me gusta ensuciar, ya te lo dije. Además, ya te he dicho que antes de irme te lo limpiaba. ¡Pero, hombre! Si te me pones así, ¿qué quieres que haga, eh? ¿Qué quieres que haga? Venga, va, ya está. Me llevo al tío y limpias tú, que a este paso te va dar algo si me quedo más rato aquí.

Joder, lo que hay que aguantar, macho...

Ah, y deja la crucecita. No me seas ridículo encima. Nosotros existimos antes que el cristianismo.


Mun, the Vampire Doll

Fotogrfía: Blood Chalice, de Infernalord

jueves, julio 30, 2009

Bombilla (remodelado)

“Cuando al día siguiente salí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo…” fue lo único que leí antes de lanzar tu libro preferido a la hoguera de San Juan que preparé en el jardín. Lo siento. No pude seguir.

Era lo último que quedaba de tu biblioteca. Perdona, lo tiré todo. Tu ropa. Tus cuadernos con tus poemas y tus dibujos. Las cosas inservibles que guardabas en los cajones y que siempre te negaste a tirar “porque nunca se sabe cuándo las puedes necesitar”. También me deshice de todos los regalos que me hiciste. Y de tus fotos.

Lo único que hacían era clavarme tu ausencia más adentro.

Otros prefieren conservar los recuerdos y negar que aquel ser querido se ha ido para siempre, pero sabes que la aceptación de las verdades es la terapia más eficaz para mí. Por eso, con el dolor de quien se amputa un miembro, quemé todo objeto que tuviera relación contigo. Y así me vendé los sentidos durante este último año. Hasta ahora me ha venido muy bien.

Entonces, la semana pasada, me di cuenta de que me olvidé de la bombilla de la habitación. Ésa que tú misma compraste y colocaste.

Me acordé de ella cuando se fundió, del mismo modo que me acordé (aún más) de ti el día que te apagaste.

Sabía que si lo dejaba pasar (como suele pasarme con el resto de problemas), iba a hacerme daño. Aquella bombilla seguiría encendida en mi cabeza, brillando cada vez más intensa, hasta cegar todo mi mundo. Hasta asesinarme en su explosión. Como tú.

Para evitar pensar mucho en ello, cogí la escalera y me subí a desenroscar la bombilla, con tal mala pata que se me cayó al suelo. Y no hizo ruido de cristales rotos, sino de tu risa de niña. Cuando me bajé, vi entre los cristales un puñado de polvo dorado esparcido. Intenté recogerlo con las manos desnudas, pero sólo conseguía absorberlo con la piel.

Me provocaba una sensación de calidez extraña, como una brisa de aire caliente que me atravesaba la carne, se mezclaba con mi sangre y me trepaba por las venas hasta el corazón. Y, al llegar allí, sentí que éste se me inflaba tanto que temí que no me cupiera en el cuerpo y estallara.

Y no recuerdo más. Me desmayé.

Es irónico. Desde entonces me cuesta respirar, a pesar de que tengo la sensación de aspirar y expirar grandes bocanadas, como si tuviera cuatro pulmones. También me cuesta oír mis propios pensamientos, que se solapan con los tuyos. En ocasiones me da un arrebato de risa, y eso que no he vuelto a reír desde aquel día. Y, a veces, cuando hablo, me sale tu voz. Pero no es una imitación, es como si me hubiera tragado una cinta con ella y mi garganta la reprodujera. Hoy me han preguntado el nombre, y he dicho el tuyo. No entiendo por qué me han mirado así.

Los médicos lo llaman esquizofrenia, pero yo no estoy enfermo.

Tal vez vaya siendo hora de aceptar que aún vives. En mí.


Mun Light Doll

Fotografía: Bulb 3, de Albert Mikko Ranola

Los que hayáis sufrido un dejà vu al leer este relato, es porque ya lo habíais leído antes.

domingo, junio 14, 2009

Chocolate caliente

Era una tacita de chocolate justo igual que ella: cálida, dulce e incitante. Servida en delicada porcelana. Y aun así, no le dio mala espina. Era así de ingenuo.

Ella se decidió a hacerlo, pero le entraron remordimientos en el último momento. Por eso no se molestó en echarle más azúcar para disimular el veneno. Era así de boba.

Ambos hacían una pareja ideal. Y tuvieron un final perfecto.


Mun, the Poisonous Doll

Dedicado a mi querido Bardo, con el que anoche me reté a hacer un microrrelato con estas tres palabras: "veneno", "espina" y "chocolate". Gracias por darle un chispazo a mi inspiración y por encontrarme.


Fotografía: Cup o' chocolate, de Serasaur

lunes, abril 27, 2009

La cosa nostra (mi versión)

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejé de buscarlas. O, mejor dicho, un latigazo me recordó que más valiera que las encontrara.
-¡Escribe! ¡Que mañana se cierra el plazo!
-¿Pero no puedo salir a jugar?
-¡NO!

Esta situación se repetía cada día durante los cinco meses que precedieran a cualquier concurso. No importara que fuera el de nanorelatos organizado por la Asociación de Almejas Aburridas o que el jurado tuviera menos criterio que Mowgli escogiendo peluquero. Lo importante era la promoción. Hacerme más famosa que las fresas de Lepe y tener cada mañana a una horda de periodistas aburridos en la puerta de mi casa.
-Lo importante no es participar ni ganar. Lo importante es la promociónpromociónpromoción.
-Pero, papá, que a ese concurso se presentan ciento y la madre...
-Eso déjamelo a mí.
De nuevo aquella sonrisa. La misma que ponía cada vez que pulsaba el botón de "Enviar" en el formulario de cualquier certamen literario. La misma que surcaba su rostro cuando tecleaba las letras "FIN" en cualquier relato suyo. Y la misma que ponía cuando recogía la estatuílla de cualquiera de los 837.421 concursos que había ganado. Gracias a todo ello se había convertido en el hombre más temido de Mafiadolid y de parte del extranjero. Es obvio que me dejara adoptar por él (a pesar de todo).

Tras tres noches seguidas sin dormir (gracias a las cuales gané el mejor camuflaje como oso panda), un desmayo y una taquicardia, acabé el relato.
-Mira, papi, ya está.
Juntó los dedos, haciendo que tamborilearan entre ellos.
-MUAJAJAJAJAJA... Excelente. Ahora mándalo que yo voy a hablar con unos señores. Vete pensando qué te comprarás con los 120 euros del premio.
-¿120? ¿Pero no eran 150?
-Las comisiones de la famiglia no se quitan ni para sus miembros.
Suspiré. Quejarme, ¿para qué?
-Bueno, espera que me cambio y voy contigo.
La cara se le puso en blanco cera y los ojos casi se le salen de la cara para atravesarme.
-¡NI SE TE OCURRA! ¿QUÉ PASA CON NEBULOSOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO?

Y aquí me tienes. Es por eso. No es porque me duela la cabeza, porque me aburra contigo o porque te haya dejado de querer. Il Padrino no me deja salir de casa hasta que no termine con Nebu. Pero si me puedes pasar unas ilustraciones por debajo de la puerta, te lo agredeceré, que la galería de DeviantArt me roba tiempo que podría aprovechar avanzando en la novela.


Mun, la Muñeca Cuentacuentos

Dedicado con todo mi cariño a mi Padrino. Una idea que tuvimos Oski y yo una tarde en la que te echábamos mucho de menos.

viernes, febrero 13, 2009

Una compañía molesta

Joder, macho, mira que sabía que iba a pasar esto. Es que no se puede tener una convivencia normal. ¡Pues haberlo puesto en el anuncio, tío! ¡Yo qué sabía! Buscabas un chico no fumador y responsable, ¿no? Pues ya está. Además, cada mes te pago el aquiler, como un reloj. ¿Y cuándo te he molestado? Será que no te he dejado dormir, ¿eh, eh? ¿Qué problema tienes, tronco? ¿Ahora me tienes miedo? Joder, si cuando vine no parecía caerte tan mal, ¿no? ¿Qué pasa? ¿Que no te lo esperabas? ¿Tenía que venir vestidito de negro para que te dieras cuenta? Tú has leído demasiadas tonterías, macho. Que no, que no somos así, nene. Métetelo en la cabecita.

Oye, oye, tranquilito, que en cuanto termine de comer me largo. Y hasta te lo dejaré todo limpito, como al niño le gusta. Y que sepas que la culpa es tuya por pasar sin llamar. ¿Es que te hecho eso alguna vez yo? Ah, ya, piensas que iba a por ti, ¿no? ¡Jajajajajajaja! Madre mía, lo que hay que oír... ¡Que no, tío, que no me gustas! A ver si te queda claro ahora. ¿Pero tú te has visto? Por tan poca cosa como tú no me despeino. Por tu novia, aún. Pero por ser colegas te la habría respetado y todo.

Qué decepción, tronco, de verdad. Me has decepcionado más tú a mí que yo a ti. A ti que te va tanto nuestro rollo, pensaba que nos íbamos a llevar bien, pero ni eso. Será que vosotros os creéis superiores, la historia de siempre. Joder... cada uno se alimenta de lo suyo, ¿no? Si hasta mejor para ti, menos gastos, ¿no? Bueno, bueno, que si te me vas a poner con el dramón me largo y aquí no ha pasado nada, ¿vale? Venga, no empieces. Tampoco te lo he dejado muy guarro, ¿no? No me gusta ensuciar, ya te lo dije. Además, ya te he dicho que antes de irme te lo limpiaba. ¡Pero, hombre! Si te me pones así, ¿qué quieres que haga, eh? ¿Qué quieres que haga? Venga, va, ya está. Me llevo al tío y limpias tú, que a este paso te va dar algo si me quedo más rato aquí.

Joder, lo que hay que aguantar, macho...

Ah, y deja la crucecita. No me seas ridículo encima. Nosotros existimos antes que el cristianismo.


Mun, the Good Company Doll

Fotografía: Vampire tea, de Gealach

lunes, febrero 02, 2009

La princesa y el dragón

Érase una vez una princesa.

No poseía una belleza que provocara colas de pretendientes. Tampoco tenía un gran reino por heredar. Ni siquiera era rica. Ni elegante. Incluso se podía decir que era torpe y que se pasaba el día soñando. Soñaba hasta despierta, y eso la hacía muy despistada.

Por eso, el día que el dragón se la llevó, se preguntó por qué la había escogido a ella.

Si bien es cierto que el destino de toda princesa era el ser raptada por un dragón, había muchas más a las que escoger. Y un dragón como él, bello, majestuoso y poderoso podía llevarse a la princesa que quisiera.

Pero la escogió a ella.

Tal vez fue una decisión inteligente.

Su torpeza y su distracción hizo el secuestro más fácil. Y si era una princesa que no destacara entre las demás, ningún valiente caballero iría a su rescate.

Sin embargo, el dragón temía por que aquel día llegara.

Porque consideraba que el destino de toda princesa era el ser rescatada por un príncipe.

Pero el dragón no había reparado en una serie de detalles:

La princesa podría haberse dejado crecer el pelo hasta emular una cuerda hasta el suelo. Podría haber pedido socorro con una mariposa mensajera. Además, la puerta del castillo no estaba cerrada con llave. Y lo más importante:

El día en el que se la llevó, no opuso resistencia. Ni siquiera gritó.

Los príncipes andaban demasiado ocupados rescatando princesas preciosas de las cuales heredar vastos reinos.

Y ella prefería a aquella bella bestia, que la aceptaba como era. Incluso si no hubiera sido princesa.


Mun, Your Princess

And you can tell everybody... this is your tale


Fotografía: Encounter, de Jenna R

sábado, diciembre 27, 2008

El calendario rojo


Voy a contarte algo de mí que no sabes. No soy una buena persona. Todo lo que tengo lo he conseguido con el único esfuerzo de arrebatárselo a los demás. Y lo tengo bien montado: nunca me llevo objetos que se consideran unánimemente de valor. Bueno, sí que me llevo cosas valiosas, pero cuya desaparición quedaría ridícula si se denunciara.

Como tu calendario.

Me llamó la atención desde la primera vez que lo vi. Al contrario que los calendarios convencionales, tenía los fines de semana y los festivos escritos en negro, mientras que los días de entre semana lo estaban en rojo. Un escarlata estridente que chillaba desde tu habitación. Un grito que volaba a través de tu ventana para posarme en la mía. Fue ahí donde me fijé en ti. Siempre me ha gustado conocer a los dueños de mis tesoros.

Estabas sentado en tu escritorio, luchando contra ejércitos de hojas en blanco, armado con un bolígrafo rojo. De vez en cuando te detenías y cerrabas los ojos (quizás mirabas hacia dentro).

Y yo podía pasarme horas mirándote. Emanabas paz.

Y mientras te contemplaba, supuse, influenciada por miles de clichés, que la tinta era sangre que te salía directamente del corazón. Pero luego me di cuenta de que no era así.

Con total sorpresa me di cuenta de que aquel bolígrafo tenía un fino hilo atado al gancho del calendario.

Luego sentí curiosidad por ver qué escribías. Por eso me quedé agazapada en el alféizar, esperando que tu sueño fuera más fuerte que la inspiración.

Cuando finalmente te quedaste dormido (sobre el mismo escritorio), me deslicé hacia tu cuarto. Gruñiste un poco cuando te quité el cuaderno que usabas de almohada, así que decidí improvisarte una.

Tras guardarme tu cuaderno en la mochila, cogí un libro al azar en la estantería y te lo puse bajo la cabeza. Después me di cuenta de que era un libro gordo, con las tapas bastante duras, así que decidí abrirlo por la mitad para que tu almohada no te resultara tan inhóspita.

Al llegar a casa, leí lo que escribías. Me gustó mucho ese cuento. No era la clásica historia de amor azucarada de celuloide, con sus deslumbrantes protagonistas que se juran amor eterno a primera vista. Tu cuento era de carne y hueso, y las palabras latían a un ritmo agridulce. Leí entre sus líneas y me encontré con tus ojos.

Sólo tenía un defecto. Estaba inacabada. Y sólo por eso te devolvería el cuaderno.

Volví temprano, para asegurarme de que no te dabas cuenta de la ausencia del cuaderno. Pero ya estabas despierto. Y tu risa despertaba a toda la habitación. Salía fresca y sonora de tu boca vibrante, en forma de rayos solares que alumbraban todo aquello con lo que chocaban. Entre esas cosas estaba tu calendario. Me llamó mucho la metamorfosis que sufrió cuando tu risa lo tocó. De pronto, los días rojos pasaron a ser naranjas. Y las cuervas de los números parecían sonrisas. Brillaba más que antes. Entenderás por qué te lo intenté coger.

Y ahora entenderás qué hago aquí.

El trato es muy simple: me darás el calendario y acabarás esa historia, a cambio de que te devuelva el cuaderno y te ponga de almohada otro libro de chistes.

Luego vendré a por el cuaderno de nuevo.

Te dije que me encantan los tesoros.


Mun, the Thief Doll

Este relato va dedicado a un tesoro que he encontrado en Madrid, sin esperarlo. Ese tesoro es Oski, un gran hombre que no se merece más días rojos.

Fotografía: Friendship, de Mont Martre

lunes, julio 28, 2008

La operación


Cuando se pasaron los efectos de la anestesia, se notó la espalda más ligera. Por primera vez en la vida estaba tumbada boca arriba, con todo el cuerpo reposando sobre el colchón. Otras personas se habrían regocijado ante tal placer, pero no Ayrim. Ella maldijo entre dientes y lágrimas al percatarse del porqué.

Al intentar incorporarse, notó que el peso que durante años había cargado en las espaldas había pasado a la parte inferior del cuerpo. Intentó moverse, pero notó un fardo húmedo y denso que le costaba levantar. No se atrevía a apartar la sábana.

–¡No, Ayrim, no hagas esfuerzos aún! –le ordenó el doctor entre aspavientos.

Ella le miró en silencio, mientras sus ojos gritaban el temor que latía cada vez más fuerte en su interior. Él, en cambio, sonreía rebosante de orgullo.
–¿No vas a vértela? –la urgió.
Ayrim retiró poco a poco la sábana, obligándose a mantener los ojos abiertos. Aunque las lágrimas los sellaron de nuevo.

Una gigantesca y pesada cola de pez.

–¿No te gusta, Ayrim? Ahora ya no te confundirán con las arpías.
Pero ya no volaré.
–Y desde luego estás mucho más guapa así.
¿No deberías haberme puesto branquias? ¿Estás seguro de que respiraré bajo el agua?

Negó con la cabeza enérgicamente, en un vano intento de eliminar aquella realidad, de despertar de una pesadilla demasiado vívida. Y sus ojos desesperados tropezaron con la ventana.

Estaba abierta, e invitaba a Ayrim a ver de nuevo su antiguo mundo para despedirse de él. Ella salió de la cama para responder a la llamada. Pero tropezó sobre su nueva extremidad, como si ésta la quisiera retener en el colchón. Maldijo y se arrastró hacia el alfeizar, en el que se aferró con ambas manos.

A pesar de que el cielo lucía su más alegre y puro azul, Ayrim notaba cómo éste le dedicaba una mueca triste en forma de nube curvada hacia el suelo. Y una fuerza que procedía precisamente de ahí, del suelo, la obligaba a mirar hacia abajo.

El mar, con su refulgente azul eléctrico, le daba la bienvenida en forma de olas desbordantes de entusiasmo. Y Ayrim se arrojó a sus brazos espumosos.

Cuando sintió el abrazo húmedo de su nuevo hogar, quiso calentarse el cuerpo con su canción favorita. Se consoló pensando que su voz, que había seducido cientos de marineros, tal vez podría seducir a aquellas gélidas aguas. Sin embargo, sólo consiguió emitir grandes burbujas. Parecidas a la que ahogaba su corazón.


Mun, the Siren Doll

Dedicado a Ayrim, por habérmelo inspirado.

Dibujo: Siren, de Jenn Betchel

viernes, junio 20, 2008

Despecho


















Dices que te decepcioné, pero tú a mí también. Vale que te dejaras llevar por el sello de “best-seller” cuando me compraste, pero yo no tengo la culpa de ser tan popular. Yo también me fié de tus gafas y te prejuzgué como un intelectual amante de la lectura. ¿O tal vez eras alguien que quería iniciarse obligado por algún ser especial? Tenía muchas cosas que contarte, pero me diste dos páginas de oportunidad.

Ojalá algún día me rescates del exilio de la estantería, cuando me veas de nuevo la etiqueta de best-seller mientras me limpias el polvo.


Mun, the Worst Seller Doll

Fotografía: Lost and Forgotten Book, de Lonely Pink Dreamer

Este microrrelato lo escribí para el concurso de microrrelatos del Fnac, pero me gustó más cómo me quedó el otro. De todos modos, éste también lo quiero compartir con vosotros.

Y dentro de poco, Nebuloso

martes, junio 17, 2008

Enamoramiento






















Creo que me fijé en ti por tus ojos de niña en tu rostro de mujer. O tal vez fue por tu risa de campanilla, que aún inunda mi mente. O quizás fue por tus andares de hada, pues caminas como si no quisieras pisar demasiado el suelo.

Sin embargo, todo esto son excusas, porque me niego a reconocer que me fijé en ti porque eres la única que compró mis sentimientos en forma de libro de poemas.


Mun, the Reader Doll

Este relato fue presentado en el I Concurso de Microrrelatos Fnac.es y, por desgracia, no se encuentra entre los finalistas.

Fotografía: Poetry, de Kaotika

lunes, mayo 26, 2008

Bombilla



















“Cuando al día siguiente salí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo…” fue lo único que leí antes de lanzar tu libro preferido a la hoguera de San Juan que preparé en el jardín. No pude seguir.

Perdona, me deshice de todo. También de todos los regalos que me hiciste. Y de tus fotos.

Lo único que hacían era clavarme tu ausencia más adentro.

Otros prefieren conservar los recuerdos y negar que aquel ser querido se ha ido para siempre, pero sabes que la aceptación de las verdades es la terapia más eficaz para mí. Por eso, con el dolor de quien se amputa un miembro, quemé todo objeto que tuviera relación contigo. Y así me vendé los sentidos durante este último año.

Entonces, la semana pasada, me di cuenta de que me olvidé de la bombilla de la habitación. Ésa que tú misma compraste y colocaste.

Me acordé de ella cuando se fundió, del mismo modo que me acordé (aún más) de ti el día que te apagaste.

Para evitar pensar mucho en ello, cogí la escalera y me subí a desenroscar la bombilla, con tal mala pata que se me cayó al suelo. Y no hizo ruido de cristales rotos, sino de tu risa de niña. Cuando me bajé, vi entre los cristales un puñado de polvo dorado esparcido. Intenté recogerlo con las manos desnudas, pero sólo conseguía absorberlo con la piel.

Me provocaba una sensación de calidez extraña, como una brisa de aire caliente que me atravesaba la carne, se mezclaba con mi sangre y me trepaba por las venas hasta el corazón. Y, al llegar allí, sentí que éste se me inflaba tanto que temí que no me cupiera en el cuerpo y estallara.

Y no recuerdo más. Me desmayé.

Es irónico. Desde entonces me cuesta respirar, a pesar de que tengo la sensación de aspirar y expirar grandes bocanadas, como si tuviera cuatro pulmones. También me cuesta oír mis propios pensamientos, que se solapan con los tuyos. En ocasiones me da un arrebato de risa, y eso que no he vuelto a reír desde aquel día. Y, a veces, cuando hablo, me sale tu voz. Pero no es una imitación, es como si me hubiera tragado una cinta con ella y mi garganta la reprodujera.

Los médicos lo llaman esquizofrenia, pero yo no estoy enfermo.

Tal vez vaya siendo hora de aceptar que aún vives. En mí.


Mun, la Muñeca Cuentacuentos

Fotografía: Bulb, de F-Max

domingo, abril 27, 2008

Carta de una extraña viajera


Os preguntaréis por qué escogí el metro para volver a casa. La respuesta es muy sencilla: en el mundo de los humanos estoy privada de mis poderes, y tampoco quería desplegar las alas para no llamar la atención. De todos modos, lo consideré una buena oportunidad para estudiaros. Sin embargo, tuve que ser más precavida y tener en cuenta que algunas costumbres de mi raza, como la magia, puede causaros malestar. Por esto os escribo esta carta, para disculparme con aquellos que compartieron aquel viaje conmigo.

Antes de nada, me gustaría deciros que me parecisteis muy curiosos. Cada uno parecía un planeta aparte de los demás, con los que comparte una galaxia, pero nada más. Cada uno orbitaba alrededor de su libro, su música, su móvil o su portátil, sin percatarse del compañero de asiento. Y ojo, no lo critico, para mí fue mejor; así pasaba desapercibida. Lástima de aquel niño que me miraba tan fijamente, con esos ojos tan grandes llenos de curiosidad y emoción. Creo que lo sospechaba. Y yo me regocijé al saber que todavía queda gente que cree en nosotras.

No dudo que para vosotros sea un medio de transporte cómodo y útil, pero espero que comprendáis que para mí no. Por eso tuve que hacerlo. Y aproveché vuestro ensimismamiento para realizar mi hechizo con total libertad. Temía que aquel chiquillo os alertara al ver cómo yo hacía círculos con los tobillos. Sin embargo, permaneció muy quieto, observándome mientras se pellizcaba las mejillas y su madre le ordenaba, fastidiada, que se estuviera quieto.

Perdón por aquel giro tan brusco en mitad del túnel, pero nunca he sido buena conductora. Si alguien se hizo daño, le compensaré curándole, pero comprended que tenía que volver a casa. De todos modos, me alivia saber que nadie salió demasiado herido.

Todavía recuerdo vuestros gritos de asombro cuando cómo el monótono paisaje de los túneles cambiaba a aquellos árboles de hojas multicolores. Una anciana se desmayó al percatarse de que los raíles se habían convertido en agua. El niño era el único que no parecía angustiarse por el trayecto. Le recuerdo corriendo de un lado al otro del vagón, fotografiando con los ojos cada hoja, cada flor, cada riachuelo. Creo que lo más hermoso que he visto en vuestro mundo fueron esos grandes ojos curiosos.

Y extrañamente bello fue ver aquellos ojos estallar en lágrimas cuando bajé del vagón, justo antes de que vuestro metro volviera a pasar por ese túnel negro que os hace de transición entre parada y parada. Sólo espero que esta carta también le llegue a aquel chiquillo y me recuerde. Si alguien de vosotros le conoce, entregádsela, por favor.

Gracias por todo,
Soluna


Mun, the Lost Doll

Este relato participó en la 2ª Edición del Concurso de Relatos Cortos de TMB. No se llevó un sólo premio (había relatos de muy buena calidad), pero tal vez otro año será. La fotografía con lo que lo acompaño se llama Fairy on the Railroad Tracks, de Itsalladream321

sábado, abril 12, 2008

La melena de Medusa


Medusa estaba cansada de su peculiar melena. No porque ahuyentara a todo aquel con el que pretendía mantener una conversación, sino porque era incómoda. Cuando las serpientes no discutían entre ellas, la atosigaban a base de preguntas o reclamaciones de atención. Los psicólogos lo llamaban esquizofrenia, pero ella prefería considerarlo un problema capilar. Lo peor de todo era mantener la cabeza erguida, y es que aquella centena no era precisamente ligera

Medusa estaba decidida a cortar por lo sano. Y nunca mejor dicho.

Sin embargo, no fue tan fácil.

Los peluqueros se negaban a ayudarla; eran muy respetuosos con los animales y con el medio ambiente. Varios de ellos la amenazaban con denunciarla.

Entonces, se encontró con un hombre trajeado que le ofrecía millonadas por su melena. Le decía que podía darle un buen provecho traducido en un negocio de correas de relojes y carteras. Medusa se negó, ya que no se fiaba de alguien que tenía los mismos ojos que las inquilinas de su cabeza.

Por la noche, las serpientes mecieron a Medusa en una nana de lágrimas, súplicas y besos. Y ella, por primera vez, se sintió querida.

Las serpientes dejaron de pesarle a Medusa.


Mun, the Snake-haired Doll

Fotografía: Medusa, de Morween

lunes, diciembre 24, 2007

Cuento de Navidad


Me costó mucho llegar a casa de Wendy. No porque no me supiera el camino, sino porque casi muero esquivando a toda la gente que iba y venía de hacer las compras. La verdad es que nunca he entendido por qué la gente compra tanto en estas fechas, ¡si para los regalos ya estamos nosotros! No sé quien se inventó eso de que los Reyes y Papá Noel son los padres. Ahora, desde que los niños ya no creen en la Navidad, en el Polo Norte y Oriente estamos muy tristes. Y los duendes especialmente. Cada vez que un niño dice “Los Reyes Magos no existen” o “Papá Noel no existe”, un duende o un paje muere. Sí, como las hadas.

Aquel año Wendy no había escrito ninguna carta. Ni a Papá Noel ni a los Reyes Magos. Y eso nos preocupó bastante. Por eso mi amo me envió a buscarla, para ver si podía saber por qué había dejado creer en nosotros, en la Navidad. Además, yo era el duende encargado de Wendy, el que la vigila cada día para ver si se porta bien. Y es una niña muy buena y estudiosa. En sus cartas no sólo pide cosas para ella, sino para sus hermanos y sus padres. Y siempre le hemos traído los juguetes que nos ha pedido. Pero ese año no recibimos ninguna carta de ella. Y nos temimos lo peor.

Por fin llegué a su casa. Después de evitar que me pisaran cuatro señores enterrados en bolsas, que me atropellaran tres coches apresurados y quedarme ciego con las centenares lucecitas navideñas que adornan la ciudad en esas fechas. No me costó nada escalar los balcones hasta llegar al suyo, y colarme por él hasta su habitación. Wendy estaba estudiando, como siempre, aunque tenía en los ojos un deje melancólico que jamás le había visto antes. Y entonces me di cuenta que en su habitación casi todos los juguetes que le regalamos en años anteriores ya no estaban. Ni las dulces muñecas con las que disfrutaba peinándolas, vistiéndolas y tratándolas de “hijas”. Ni los castillos de princesas en los que recreaba sus propios cuentos de hadas. Ni el tren eléctrico con el que se podía pasar horas inventando viajes. Cualquiera podría decir que se estaba haciendo mayor, pero Wendy sólo tenía nueve años.

Sólo un oso de peluche suave y marrón había sobrevivido de aquella inexplicable purga. Estaba tendido sobre la cama, en la misma posición en la que ella le había dejado caer sin cuidado. Parecía un guerrero derrotado. Me acerqué a él y lo reconocí: las Navidades pasadas, yo mismo envolví a ese osito y lo cargué en el trineo. Antes de meterlo en caja, estaba radiante, porque sabía que su dueña sería una niña buena y alegre. Y ahora, sus pequeños ojos negros me miraban tristes y desilusionados. Lo levanté como pude y lo senté en la colcha. Entonces me di cuenta de que Wendy nos miraba extrañada. Volvió a coger el peluche y lo enderezó dubitativa. Luego, reanudó su estudio.

Fue entonces cuando me percaté de que no me veía. Pero sí se había dado cuenta de que ella no había dejado al osito sentado. No me decepcionó mucho el hecho que no me viera. Al fin y al cabo, es una de las penas asumidas que tenemos los duendes. No me importaba, al contrario; me puse contento porque ya sabía qué hacer para verla sonreír.

Cogí los brazos del osito y los moví alternativamente. Luego hice lo mismo con las patitas. Ensayé toda clase de movimientos a espaldas de Wendy, que seguía concentrada en su libro, hasta estar seguro de poder controlar bien el peluche. Entonces, con un pequeño esfuerzo, lo cogí por detrás y le hice dar un par de botes sobre la cama. Entonces Wendy se giró de nuevo, sobresaltada, y miró al peluche con cierto temor. Se acercó a él lentamente, interrogativa, y yo me dispuse a bailar con el osito un vals imaginario, al ritmo de una canción que tejía en mi cabeza y que hilaba con un tenue tarareo.

Estaba muy nervioso, porque no sabía qué consecuencias podría tener mi actuación, y también debo confesar que no soy un estupendo bailarín. Pero me alivié al ver que la mirada de Wendy no era de terror, sino de un asombro encantador. Seguía todos los movimientos del oso con deliciosa expectación, y poco a poco aquella mueca se iba convirtiendo en una sonrisa emocionada. Finalmente, puse el osito de pie, justo ante ella, con uno de los bracitos tendido hacia la niña, como si la invitara a compartir con él la siguiente pieza. Ella vaciló unos instantes, pero después tomó al peluche, lo apretó contra el pecho y bailó con él un nuevo vals. Yo me quedé sentado en la cama, mirándoles fascinado. Wendy estaba radiante. Mientras con sus ágiles pasos dibujaba círculos por toda la habitación, pude ver en sus ojos más luz que todas las luces navideñas del mundo humano.

Creo que estuvo bailando cerca de media hora, hasta que finalmente se dejó caer sobre la cama con el osito en brazos, justo a mi lado. Lo abrazó con el mismo cariño que quien abraza a un ser querido al que hace años que no ve, y le confesó entre sollozos de felicidad:
–Y yo que no pedí a los Reyes que te dieran vida porque no pensaba que pudiera ser… A ti no te regalaré, como a los otros.
Cuando llegué a casa de Papá Noel, le dije lo que había sucedido. Entonces comprendió que Wendy no necesitaba más juguetes, sino un compañero de juegos. Es por eso que ahora vivo en su casa, animando a su osito de peluche como si éste tuviera vida propia. Y yo deseo que algún día me vea y me reconozca, aunque eso rompiera su ilusión por tener un muñeco con vida. Me gustaría que me llamara por mi nombre y me adoptara como un nuevo compañero de juegos; convertirme en su mejor amigo. De todos modos, soy feliz viviendo con ella jugando, ayudándola a estudiar, viéndola crecer… ¿Y sabéis? Antes, cuando Wendy cumplía años, me ponía triste porque sabía que ya quedaba menos para que nos dejara de escribir. Pero cada año escribe cartas a mi amo pidiéndole muñecas nuevas con vida, que luego yo animo como marionetas. Y yo también escribo a mi amo, pidiéndole que algún día Wendy deje de escribir para decirme a mí en persona lo que quiere para Navidades. Papá Noel me dice que de momento, eso no es posible, porque los humanos aún no están preparados para romper la barrera que separa a la magia de la realidad, pero todo se andará.


Mun, the Christmas Doll

Al hilo de la propuesta solidaria de Mundoyas

Dibujo: Christmas Angel, de Cippow25