jueves, abril 26, 2007

El día que te tomaste unas vacaciones



Como todas las cosas importantes, ocurriste de repente. Lo que más me molestó es que tuvieras que decidirlo a las dos de la mañana, cuando ya había abandonado todos mis sentidos al sueño. Y encima, tenías que provocarme ese dolor. Aunque, bueno, qué esperaba. Me estabas desgarrando el pecho para salir.
-Lo siento, pero no aguanto más.
-¡¿Qué te pasa ahora?! ¡Siempre has funcionado bien!
-Y por eso te aprovechas de mí. Me has hecho soportar demasiadas emociones esta semana, y para mí ya es demasiado peso.
-¡¿Y qué culpa tengo yo de que se me juntaran tantas cosas?!
-Podrías controlarlas tú misma y no beber tanto café, que estoy muy gordo para latir tan deprisa.
-Lo siento, de verdad. Te prometo que a partir de ahora controlaré mis emociones y agarraré mis problemas por la solapa, para después abofetearlos.
-Lo que tú quieras. Pero yo no aguanto más. Necesito unas vacaciones.
-¿¿¿Y tiene que ser ahora???
Ya te habías salido del pecho, y yo te hacía cuna con mis manos. Lo más curioso es que ya no sentía ningún dolor. Ni placer. Nada.
-Sin mí estarás mejor. Verás las cosas como si no te pasaran a ti y podrás analizarlas con la frialdad de un médico de la Seguridad Social. Y salgan como salgan te dará igual, como yo no estaré...
-No sé si huir es la solución. Ya te vale, dejarme sola cuando más te necesito...
-No te dejo sola. Pero entiéndeme, me has sobrecargado mucho esta semana y antes de tener un infarto prefiero tomarme unas vacaciones.
-¿Y a dónde irás solo?
-A un tarro de formol. Y dormiré lo que tu vida no me ha dejado en toda la semana.
De hecho, te merecías un buen descanso, con todo lo que te hice pasar. Me habías avisado de tu estado mediante taquicardias y aun así no te hice caso. Te causo demasiado estrés, perdóname. Para compensarte las molestias, te preparé una cama de cristal y formol. Te deposité un beso en la frente, mezclado con sangre y lágrimas, con sabor a disculpa. No cerré la tapa demasiado fuerte, por si después te costaba volver a mi pecho. Perdóname otra vez, porque para ser lo más valioso en mí, eres lo que más maltrato.

Mun, la Muñeca Cuentacuentos



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Fotografía: Heart Cage, de Hongatar Stock

lunes, abril 16, 2007

Una vivienda digna


Como muchos otros jóvenes de mi país, seguía viviendo con mis padres a mis treinta y cinco años. Trabajando de cajero en el supermercado de la esquina de mi calle no podía pagarme ni un cuchitril de alquiler junto a mi novia.

Después de mucho buscar, me ofrecieron un lugar en el que vivir como Dios: tendría techo, cama, comida, televisión, gimnasio, compañeros muy majos... Y todo ello sin tener que pagar un duro. Lo único difícil era hacer méritos para entrar.

Por eso me metí a ladrón de bolsos. Al menos, en la cárcel, tendría una vivienda digna.

Mun, the Homeless Doll

Al hilo de los Microrrelatos convocados por Ana Arándanos

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Imagen extraída de la película Ghost World

domingo, abril 15, 2007

La cárcel de cristal

Era una cárcel de cristal, estrecha, hecha a medida de cada preso, como un ataúd. A simple vista parecía fácil de romper, pero los condenados pasaban en ella años, soportando la misma tortura silenciosa.

La penitencia duraba sólo unos momentos al día; el resto de la jornada los presos hacían su vida cotidiana. Sin embargo, sentían en su conciencia las heridas que les provocaba aquella cárcel de cristal. Era como un eco de trasfondo, que repetía el siguiente mantra: “nunca serás lo bastante bueno, nunca serás lo bastante inteligente, nunca serás lo bastante guapo”.

Era una manera revolucionaria de condenar a la población siglo XXI. Jamás se podría huir de esa cárcel. Los contemporáneos la llamaban “espejo”.



Mun, the Damned Doll

Al hilo de los Microrrelatos convocados por Ana Arándanos

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Imagen de Victoria Francés

miércoles, abril 04, 2007

Usted es humano




Y allí estaba, entre mis manos temblorosas, la carta que Clovis me había enviado ir a buscar. Lo que había escrito en ella me lo podría haber dicho en persona, pero Clovis es así. Cuanto menos trate con los demás, mejor.

"ESTÁ USTED DESPEDIDO. NO PERMITIMOS HUMANOS EN NUESTRA EMPRESA"

Me pareció tan injusto. En la entrevista se lo dejé claro y ellos me aseguraron que no les importaba, mientras yo me comportara como uno de ellos. Por eso no dudé en ir al despacho de Clovis, que cuando me vio aparecer puso cara de haber visto un eclipse solar sin gafas de sol.
-¿Cómo que despedido?
-¿Qué hace usted aquí? En la carta está todo claro. No hay nada más que hablar.
Su voz sonaba tan emotiva como un "ha elegido usted gasolina súper".
-¡¿Cómo que me despedís por ser humano?!
-Se lo hemos escrito claro. No admitimos humanos en nuestra empresa.
-Llevo un año trabajando con vosotros y eso no es ninguna novedad. En la entrevista ya os lo dije y no tuvisteis reparo en contratarme.
-Pero se lo advertimos. Tenía que comportarse como uno de nosotros.
-¿¿Y no lo hice?? Me empollé todos vuestros argumentarios hasta la última coma, ensayé delante del espejo el tono de voz de hojalata que me exigíais, incluso grabé mi saludo y mi despedida para que sonaran iguales en todas las llamadas, no fuera que al repetirlos me salieran distintos...
Clovis miraba mis lágrimas lleno de curiosidad, como aquel que encuentra una rareza expuesta en un museo.
-Eso sólo lo hacía al principio. Pero después perdió la práctica y se acabó delatando a sí mismo. Desde luego, si le contratamos era para hacer un experimento. Ya que los androides estamos hechos a imagen y semejanza de los humanos, queríamos comprobar si podemos transformar a un humano en un androide. Veíamos muy complicado conseguir algún sujeto que aceptara los implantes electrónicos, y decidimos que mediante este tipo de empleo era más fácil transformarles. Casi lo conseguimos con usted, pero nos falló.

No podía creérmelo. Yo me había esforzado al máximo en parecer uno de ellos. Sentado cada mañana de 9 a 5 en ese sembrado de ordenadores, les estudiaba y aplicaba después la táctica del camaleón. Mi voz había conseguido el timbre de una máquina de escribir y los clientes me tomaban como un operador más. De hecho, había sido tarea fácil para mí restringir mi vocabulario al dossier de frases prefabricadas que me dieron el primer día, congelar mis párpados para tener unos ojos de piedra y moverme como si mis venas fueran alambres. En cuanto a la empatía, tampoco me costó anularla. Sólo tenía que buscar otra distracción mientras atendía una llamada: o bien me ponía a hurgar por la blogosfera, o echaba partidas en minijuegos, o buscaba chistes en google...

No obstante, a pesar de todo ello, no fui lo suficientemente bueno. De hecho, ningún humano lo era. Pero yo daba la talla y, a pesar de tener la oportunidad de hablar con Clovis, no supe en qué había fallado. Le pregunté "¿por qué?" por enésima vez, hasta que él levantó el dedo y, moviéndolo a modo de cursor, me señaló a mí y a la puerta.

Aquel despido fue un latigazo a mi orgullo, y decidí aliviar mi dolor con un paseo por el parque. Mientras respiraba el azahar y notaba las caricias de las amapolas en mis tobillos, me daba cuenta de que Clovis tenía razón: yo soy demasiado humano. Asimismo, podía notar la libertad de movimientos de mi cabeza, cuando me giraba a mirar alguna ardilla o pájaro que me llamara la atención. Con los cascos, que en ocasiones se me antojaban como si pertenecieran a una silla eléctrica, no sentía esa libertad. Tal vez, en el fondo, Clovis me hizo un favor.

Llegué a casa a eso de las nueve. Sobre la mesa, me encontré un cd con una nota encima, en la que había escrito un mensaje en Times New Roman, cuerpo 16:

"USTED ES HUMANO"

Extraje el cd de la caja y lo metí en el ordenador. Al hacer doble click sobre D:\ me encontré varios archivos de audio. Sin duda, eran las grabaciones que nos hacían desde el departamento de calidad. Escogí uno al azar, y no tardé en reconocer mi voz que, por cierto, detesto:
-BuenosdíasbienvenidoaCommunicationenquépodemosayudarle
-Vamos a ver si puedes ayudarme. ¡Llevo un mes esperando a que me arreglen la línea!
-Informamosalclientedequeestossondíasdifíciles...
-Parece que nadie me entiende. A todos os cuento lo mismo y pasáis de mí. Tengo a mi hijo en Inglaterra, y por culpa de esto no estamos en contacto. Ni por teléfono, ni e-mail, ni nada.
-Informamosalclientequeusteddisponedemóvil.
-No, no tengo móvil porque odio estar localizable. Además, no tengo dinero para permitírmelo. Contraté vuestro servicio porque me incluía internet y teléfono, hace un mes que os comuniqué la avería y aún no he tenido respuesta. ¿Cuándo me enviaréis el técnico?
-Informamosalclientequedesconocemoselprogramadelserviciodeasistenciatécnica.
-¿Así que voy a estar sin hablar con mi hijo más tiempo? ¡Póngase en mi lugar!
-Yo no tengo hijos, señor... Me gustaría poder tener algún día, cuando conozca alguna chica...
-Pues no puedes ponerte en mi lugar. No sabes lo que se quiere a un hijo hasta que se tiene uno.
-Pero hay personas a las que quiero mucho.
-¿Y qué harías si no pudieras hablar con ellas?
-Posiblemente iría a visitarlas.
-Tiene usted razón... Pero si no puedo permitirme un móvil, difícilmente puedo permitirme un viaje a Inglaterra.
-Señor, ¿usted qué hace esta tarde?
-Lo mismo que cada día... Estar aquí, ver la tele...
-¿Le va bien si voy yo mismo esta tarde?
-¿Usted?
-Sí. No prometo nada, pero soy bastante apañado. Menos da una piedra, ¿no?
-¿Tiene mi dirección? ¿La ve en pantalla?
-Sí. Esta tarde a las seis me paso.
-Usted... no es como los otros operadores con los que hablado... Usted me ha entendido...
-Porque si no tuviera aquí a mi familia y mis amigos... y no pudiera hablar con ellos... me moriría...
-Usted es humano...

Cerré el archivo antes de que se acabara. Entonces ya supe de qué irían los otros. No recordaba aquella conversación, aunque sabía que era mía. También recuerdo cuando fui a casa de aquel cliente e intenté repararle la línea, aunque no tuve éxito alguno. Pensaba que nadie se iba a dar cuenta, pero sí. Nunca debí implicarme con el cliente y mucho menos, salirme del argumentario. Por esas razones habían reemplazado en los call centers a los humanos por androides.

Un mensaje apareció en mitad de la pantalla del ordenador: "USTED ES HUMANO".

Después de todo, Clovis tenía razón. Aquel trabajo no estaba hecho para humanos.

Mun, la Muñeca Cuentacuentos

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Imagen: Blade Runner

jueves, marzo 29, 2007

La Gran Macedonia - Capítulo 10: De cómo Leonor obtuvo su dulce venganza y a un bello mozo




Y bien, aquí tenéis la fruta final de esta de esta macedonia en la cual tenía que poner la guinda. Os advierto de que cuando la historia llegó a mis manos estaba en un estado de degeneración bastante avanzado, así que no os asustéis de lo que podáis leer. Espero que os guste mi aportación, aunque antes de degustarla, debéis comeros antes todas las demás frutas:
Capítulo 1: Sacapuntas
Capítulo 2: Hope
Capítulo 3: Murron
Capítulo 4: LOS SUEÑOS PERDIDOS
Capítulo 5: EL CAJÓN DEL FONDO 2
Capítulo 6: En Noches De Luna
Capítulo 7: La vida en el metro
Capítulo 8: El desdén
Capítulo 9 : El reencuentro

Sobre todo, me gustaría dedicar esta historia a Mitsu, que es quien me ha otorgado el honor de escribir el final de esta divertida historia. Espero no haberte decepcionado Mitsu, y que sigas confiando en mí para esta serie de juegos. ¡Un besote afrutado!

Bon appétit!

CAPÍTULO 10: DE CÓMO LEONOR OBTUVO SU DULCE VENGANZA Y A UN BELLO MOZO

Ante el apasionado beso entre Eli y Leo, en el cual las lenguas corrían desorbitadas a juzgar por el bulto danzante entre las mejillas de ambas mujeres, Carlos notaba cómo la sangre bajaba a su entrepierna de nuevo. Hablando pronto y mal, Eli estaba muy buena; en sus años de instituto había pensado cientos de veces en colarse debajo de su tanga y el hecho de verla en plena acción le ponía en celo perruno. Por su lado, Leo le inspiraba el mismo amor que un plato de lodo infestado de cucarachas, pero el hecho de contemplarla besándose con una mujer le hizo verla cómo sólo podía conseguir el efecto de 8 copas de vino.

Entonces, Carlos miró a Sergio, el cual le respondía con miradas incitantes, que parecían rogarle repetir el fogoso encuentro del baño. Aquella deliciosa criatura le guiñó uno de sus ojazos verdes y señaló el baño con la cabeza, tentador como un bombón de lujuria. Se pasó la lengua por los labios, prometiéndole a su interlocutor que si le seguía le haría reventar de placer.

Acto seguido, aquel diablo seductor se levantó y fue al baño de hombres, confiado en que Carlos le seguiría. Pero Carlos no se podía levantar.

Cuando se deshizo el beso entre las dos mujeres, Eli miraba atónita a Leo, ante el estupor del resto de comensales, que creían ser víctimas de una broma de cámara oculta.
-¿Qué era eso? ¿Estás loca? -le espetó Eli a su amiga.
-No tengas miedo a mostrar tu sexualidad, no eres la única que ha cruzado la acera. ¡Y no miro a nadie!
En contraposición a sus palabras, su mirada se clavaba en Carlos, que en esos momentos el problema que tenía debajo del pantalón se convertía en una urgencia.
-Tengo que ir al baño.
Como si le hubieran prendido fuego en los calzoncillos, Carlos fue raudo al lavabo, para encontrarse con la puerta cerrada desde dentro, como si alguien hubiera improvisado una barricada. Con la desesperación de aquél que hubiera tenido la vejiga a punto de reventar, aporreó la puerta entre sollozos, sin que nadie del otro lado se apiadara de él ni de su calentón. El sex-symbol de instituto no se atrevía a volver a la mesa, ya que sabría que sería apedreado con un aluvión de preguntas indiscretas de sus ex-compañeros, para después ser fustigado con la risa malévola de Leo. Sin embargo, su "pistola" le recordaba a gritos la necesidad de vaciar el cargador.

Sin saber cómo, mientras buscaba un blanco al cual disparar, se encontró en la cocina. El cocinero estaba enfrascado en la preparación de un pato a la naranja para unos clientes, pero lo que más llamó la atención a Carlos se encontraba encima de la mesa: una tarta de chocolate, coronada de crema y nata, que se le antojaba tan apetitosa como la boca de Sergio.

A Carlos le vinieron recuerdos de una mítica escena de American Pie y de las preferencias sexuales de cierto personaje de El Predicador, saga de cómic que guardaba su hermano tras un ejército de figuritas del personal de Final Fantasy. "A falta de un buen mozo, buenos son bizcochos", se resignó el semental. Así, sin más remilgos, se deshizo de la opresión provocada por la tríada cinturón-bragueta-bóxer y hundió su masculinidad en la lasciva esponjosidad del postre que sus ex-compañeros de clase aguardaban. Con los ojos cerrados, subió a caballo a la montaña del éxtasis, sin percatarse de los chillidos de horror del cocinero al contemplar la violación de su obra de arte culinaria, ni de Leonor, que inmortalizaba aquella escena con una cámara digital, mientras sonreía satisfecha.

Al notar en su prieto trasero los escobazos del cocinero histérico, Carlos bajó a la Tierra. Tras secuestrar el pastel ensartado en su "espada", intentó huir de la cocina, pero tropezó con sus propios pantalones atascados en los tobillos, y cayó al suelo cuan largo era. Su cuerpo aplastó a la malograda tarta, que se untó por toda la camisa del hombre. Aquél que había sido el terror de las féminas durante la época de las espinillas se levantó a duras penas del suelo cuando se topó con el objetivo de la cámara de Leo, que apuntaba a sus morros como un dedo acusador.
-¿Esto no lo pondrás en Youtube, no?
-Jojojojo, de hecho pensaba grabarlo en cd's y venderlos a tres euros, pero me acabas de dar una idea mejor.
Y tras presionar el "stop", Leonor fue a buscar, resplandeciente, a Eli, dispuesta a enseñarle triunfal el cumplimiento de su misión. No obstante, decidió mostrarle el vídeo más tarde, pues supuso que no era buena idea interrumpirla en pleno intercambio de fluidos bucales con Javi, el cual quería comprobar que, a pesar de la escena lésbica anterior, Eli no había cambiado de acera. Por lo que respecta al resto de comensales, éstos habían abandonado el restaurante, indignados con todo aquel festival como el Vaticano ante una versión pornográfica de la vida de Jesucristo.
-Parece ser que ya hemos cumplido aquí -anunció una voz cálida y viril desde la nuca de Leo.
La mujer se giró y vio a Sergio ante ella, que la miraba con ojos cómplices y traviesos.
-Hacía tiempo que este capullo se merecía una lección -prosiguió el joven-. Eli me contó todo lo que pasó en aquella fiesta de fin de curso y no me pareció nada justo.
-Desde luego. Muchas gracias por ayudarme a ello. Ha salido mejor de lo que esperaba.
-Tengo el coche fuera, te puedo llevar si quieres. Eli no parece estar muy por la labor.
En efecto, mientras el cocinero echaba a patadas a Carlos del restaurante, el chef estaba pensando en recomendar una lista de hoteles a la pareja que, sobre una silla, expresaban su amor reprimido con total libertad. Por su lado, Sergio tomó a Leonor de la mano y la guió hacia el coche. Mientras la mujer se acomodaba en el lujoso asiento de cuero, su acompañante se lanzaba al asfalto con la misma seguridad que Michael Knight.
-Ha sido una noche perfecta -comentó Leo, acariciando su cámara-. Hacía años que esperaba esta noche.
-Para mí también lo ha sido. Hice muy bien en aceptar la invitación de Eli. Además, he conocido a una chica preciosa.
-En ese caso tuviste que pedirle el móvil antes de que se fuera...
-Tal vez lo haga antes de que se baje de mi coche.
Leonor no daba crédito a lo que oía. La saliva se le atascaba en la garganta como una gran bola de arroz.
-Pensaba que eras...
-¿Gay?
La negación de aquella suposición vino acompañada de un frenazo ante la casa de Leonor. Sergio ensartó su mirada esmeralda en el rostro ruborizado de Leo. Lo cierto es que aquella mezcla de timidez y picardía despertaban interés en el joven, que se veía en el deseo y la necesidad de demostrarle sus auténticas preferencias sexuales. Leo también quería comprobarlas, Después de una copa de whisky en su casa, en un cuerpo a cuerpo en su cama.

Al día siguiente, mientras aireaba las sábanas sudadas, Leonor recordaba esa noche como su gran noche.

Mun, la guinda de la macedonia

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martes, marzo 27, 2007

Silencio




Silencio. Sonata de claro de luna flotando en el aire. Y tu respiración y la mía bailando a ese son. Y no necesito más música que ésa, la del pulso de tu corazón en la palma de mi mano, la de tus caricias abriéndose paso en mi piel y la del sonido de nuestros besos que no necesitan de palabras.

Silencio. Mis labios sellados por la deliciosa magia de tu amor, capaz de detener al implacable Cronos y escribir sin palabras el cuento de hadas que yo imaginaba de niña, entre almohadas estrelladas. Y no necesito más espacio que el inexistente entre tu cuerpo y el mío, el necesario para que nuestros corazones se abracen y nuestros cuerpos se enlacen como las notas de nuestra canción, ésa que siempre me susurras al oído antes de encadenarme al latido de tu pasión.

Silencio. Y los días gemelos que caminan arrastrando los pies, mientras me abrazo a tu recuerdo en el aire, en los escenarios de nuestra película viva. Entonces es cuando siento tu espíritu fluir por mis venas, recordándome que sigues ahí y que pronto serás real de nuevo. Y dejaré de contar ovejas eléctricas antes de dormir, para contar con mi boca tus mensajes secretos. En silencio.

Siempre he sido tuyo… Aun antes de que me conocieras...


Mun, the Silent Doll

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Fotografía: Enjoy the silence, de WickedNox

lunes, marzo 12, 2007

Sangre (III)


Días después, en su siguiente encuentro con Ángel, Valeria pudo verlo disfrutar como un niño la mañana de Reyes. La enfermera rió para sus adentros, comprobando lo curioso que era ver una criatura como él vestida de blanco. Toda una imagen que violaba el folklore tradicional del mundo vampírico, que mostraba su lado más dulce a los ojos de la joven.

Los anchos omóplatos de Ángel se apretaban contra la chaqueta, como si en ellos fueran a despuntar unas alas. Por el resto, la prenda se abrazaba a su cuerpo de junco como si anhelara cubrirle la piel de besos. Y aquella alucinación sensorial era la que experimentaba Ángel cuando reseguía los graciosos garabatos que formaban su pecho, su abdomen y sus brazos. En cada caricia, creía estar abrazando a Laura con toda la adoración que destellaban las llamas azules de sus ojos de duende.
-Creo que te hace más ilusión llevar su chaqueta que beber su sangre.
-Cualquier cosa que me acerque a ella me hace ilusión.
Resultaba chocante la ternura que desprendían esos perfectos colmillos que su sonrisa revelaba.
-Entonces deberías coger e ir a su casa a verla.
-Sabes que es imposible.
-Porque tú quieres.
Valeria depositaba el contenido de la probeta que había escondido esa misma mañana en un vaso de plástico. Se lo entregó a Ángel, que lo tomó con ambas manos con la expectación ilusionada de quien recibe un regalo anhelado por mucho tiempo. Entonces cerró los ojos y se lo llevó a la boca, con plena devoción, paladeando cada gota de vida de aquella muchacha a quien Valeria había practicado un análisis esa mañana.

La piel de Ángel, más que blanca, era cristal translúcido. Valeria casi podía ver la sangre bajar por su garganta hasta perderse por el pecho abrigado por la chaqueta. Bebía con avidez y deleite al mismo tiempo. Cuando agotó hasta la última sangre que contenía el vaso, lo arrojó a la papelera como una cáscara inservible.

Después de beber, Valeria apreciaba el cambio que experimentaba su amigo. La leve sombra negruzna de los párpados inferiores se camuflaba mejor con el resto de la piel, y su mirada resultaba más saludable, más radiante, más humana. Imaginaba qué sucedería el día que la humana y el vampiro estuvieran frente a frente. Tal vez fuera él quien recobrara la vida y ella quien perdiera la suya de la impresión.

A ella misma casi se le paró la respiración cuando vio a Ángel por primera vez. De la impresión.

Fue en otra guardia nocturna. Los ruidos que procedían de la sala de extracciones le delataron, insinuando a Valeria la posibilidad de la presencia de un ladrón. Cuando ella entró a hurtadillas en el origen de los murmullos de frascos y probetas y lo vio, ahogó con la mano un grito que se debatía entre el terror y la admiración.

Un grácil garabato de cabellos blanquecinos removía los armarios como el que busca un tesoro. Valeria lo reconoció como el que encuentra en un museo un cuadro sólo visto en libros de texto.
-¡Tú eres un vampiro!
-¿Dónde está? Sé que está en estos armarios. Venía a pincharse hoy.
Hablaba con la desesperación de un drogadicto en el borde del síndrome de abstinencia. Valeria, tras superar el shock, recobró su aplomo característico y se ofreció en darle lo que buscaba si él antes le explicaba su historia y qué hacia allí.

Así nació un pacto. Compañía por sangre de la amada. Así se forjó una amistad entre dos parias.

-¿Cómo la has visto esta mañana? -preguntó Ángel.
-Como siempre. Medio dormida, con hambre, con ganas de acabar para irse a casa, desayunar y recuperar unos minutos de sueño.
-Eso es porque no la has visto en otros momentos. Pero es tan alegre... Y ríe tanto...
-¿Y por qué no vas a verla y ríes con ella?
-Sabes que no puedo acercarme a ella. Aún no entiendo cómo pudiste tú acercarte a mí.
-Porque yo ya creía en ti. Y ella quizás también. No creo que sea tonta y tantos análisis en tan poco tiempo le harán sospechar.
Ángel reflexionó ante la conjetura de su amiga.
-¿Y cómo puedo saber si ella cree en seres como yo?
-Bueno, ahora tienes una excusa para comprobarlo -la enfermera señaló la chaqueta-. Y yo no voy a devolvérsela.

Y mientras Valeria y Ángel conversaban en el ambulatorio, Laura dormía. Sus sueños eran una cueva en la que se escondía del mundo que la esperaba fuera de la cama. Allí se citaba con su subconsciente y su imaginación, que se entrelazaban en un hombro donde reposar la cabeza. Y aquella noche le contaban una historia difusa mientras le acariciaban los cabellos.

Le pareció que la besaban en el segundo antes de despertar. Labios de pétalo.

Sobre el respaldo de la silla, estaba la chaqueta de chándal que había dejado olvidada en el ambulatorio la mañana anterior. Se preguntó cómo había llegado hasta allí.

La respuesta se la susurró su imaginación. Tal vez fue el vampiro que estaba enamorado de ella. El mismo vampiro que pedía a aquella enfermera que le guardara un poco de la sangre que le extraía en los análisis, porque era demasiado tímido para ir personalmente a chuparle la sangre.

Entonces Laura cogió un bolígrafo y una libreta, que usó como micrófono para su imaginación. Y escribió una pequeña historia.

Mun, the Taleteller Doll

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Imagen: Sleeping Beauty, de Matchstickgirl

martes, febrero 27, 2007

Sangre (II)




Y aquella misma mañana, una vez más, Valeria cumplía su misión.

Al ser la primera en llegar a la sala de extracciones, se las arreglaba para ser ella la que llamara a la joven y así poderle sustraer la sangre con el ritual necesario, ayudada por trampas basadas en el despiste ajeno y el ajetreo del personal de enfermería. Así, cuando llegaban las demás compañeras, Valeria salía a la puerta y empezaba a llamar a los pacientes. Siempre dejaba entrar a unos pocos antes que a ella, para así mantener ocupadas a sus compañeras y llevar a cabo su tarea.

Al oír su nombre, Laura se levantó y fue hacia Valeria. Cuando se tenían frente a frente, la enfermera fingía en su mirada una ausencia de reconocimiento total, mientras se percataba de que la paciente tenía una memoria excelente. Tú eres la que me pinchó el mes pasado, pudo leer en aquella mirada temblorosa y adormilada. No obstante, la muchacha silenciaba la sospecha de aquella certeza achacándola a la casualidad.

Después de tres análisis en menos de seis meses, Laura conocía el ritual por completo. Se quitó la chaqueta del chándal, la dejó sobre el respaldo del sillón, se sentó y se subió la manga de la camiseta. Mientras Valeria le apretaba el brazo con una banda de goma, la chica apartó la mirada de la escena. Detestaba la sangre, especialmente cuando se trataba de perderla, por poca que fuera. Además, era muy sensible al dolor, y una parte instintiva de ella siempre le decía que si no lo veía, el pinchazo dolería menos. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Mientras le marcaba el terreno en el antebrazo con algodón empapado en alcohol, Valeria observaba a la muchacha. Podría haber sido una vampiresa perfecta. Sus tirabuzones azabaches se extendían frondosos hasta los hombros, enmarcando un rostro níveo. Valeria pensó que había mujeres mucho más hermosas que ella, a las que Ángel podría haber accedido sin miedo al rechazo, pero la había escogido a ella. Cuando una criatura de la noche encuentra unos labios llenos de luz, como los de ella, arde en deseos de absorber esa sonrisa a besos.

Mientras la aguja se hundía en la exprimida vena de Laura, ésta apretó los dientes en un silbido que pretendía disfrazar el leve dolor. Había sentido ese dolor delgado y agudo en muchas ocasiones, pero cada vez que regresaba ella se estremecía como si fuera la primera vez. Es lo que tiene el sistema nervioso. Su falta de memoria.

Segundos después Valeria extrajo la inyección rebosante de líquido rojo y brillante, dejando paso a otro copo de algodón que ajustó con un esparadrapo. Laura se apretó el algodón como si temiera que se disparara el surtidor. Esbozó un "gracias" con una rápida sonrisa y se apresuró a salir de allí cuanto antes, ávida por un colacao recién calentado y por unos brioches recién horneados, que le otorgaran la sensación de calidez que a veces extrañaba, como si alguien ajeno a ella se la hubiera robado.

Valeria, por su lado, descargaba el contenido de la aguja hipodérmica en dos botes, cubriendo con su cuerpo lo que estaba haciendo. Marcó uno de los botes con la etiqueta del nombre de la chica, mientras que el otro se lo guardaba en el bolsillo. Desde fuera, parecía algo corriente. Las primeras veces la enfermera podría haberse delatado con las miradas huidizas que dedicaba a sus compañeras, pero con el paso del tiempo adquirió la destreza de la ladrona celestina en la que Ángel le había convertido.

Y justo en ese momento, vio una chaqueta de chándal sobre el respaldo del sillón. La reconoció y sonrió con picardía, pensando que dentro de unos días Ángel tendría un regalo extra.

Mun, the Bloodstolen Doll

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Imagen: 1-14, de Bellz

viernes, febrero 23, 2007

Sangre (I)


El silencio de la noche fue su aliado en todas y cada una de sus escapadas. Se movía entre las sombras como si él y el viento fueran el mismo ser y, a pesar de no haberlo intentado nunca, podría pasar desapercibido en mitad de una feria infantil si quisiera.

Sin embargo, él prefería la noche y la soledad. No por el peligro que representaría si alguien le descubriera, sino por la timidez tras la que se agazapaba su persona. Sobre todo, era muy importante que ella no le viera. Si alguna vez ella adivinaba el secreto, le rechazaría por miedo a la especie a la que él pertenecía, o bien le asesinaría sin más.

-¿Por qué no se lo dices? -le sugirió un día Valeria.
-Porque me va a decir que no.
-Si no se lo dices, no lo vas a saber nunca.
-Sabes mejor que yo que me dirá que no.
-Porque no te conoce como yo. Entonces no tendrías que hacer estas escapadas hacia aquí. Pienso que deberías dejar que ella te viera. Así podrías demostrarle mejor lo que sientes.
-¡No!
-Bueno, como quieras. Yo te seguiré guardando el secreto.

Lo único que tenían las guardias nocturnas de Valeria era que así podía verse con Ángel y disfrutar de su compañía. En aquel purgatorio blanco se sentía sola, incluso cuando estaba en compañía de otras personas. Los médicos la trataban como una sirvienta de segunda clase, los pacientes la consideraban un robot con bata cuyas funciones eran poner inyecciones, quitar y poner vendas y curar heridas. En cuanto a sus colegas de profesión, éstos hablaban con ella sólo cuando era imprescindible, y es que una chica que sintiera fascinación por el Diablo, la noche, los vampiros y los rituales satánicas era poco aceptada en la sociedad.

Y dicha fascinación la llevó hasta Ángel.

Aquel muchacho era el único que la comprendía. Un pozo al que ir a susurrar todas sus cavilaciones, aflicciones, alegrías. Un pozo cuya agua regalaba a su querida Valeria unas horas de compañía y felicidad. El único que sabía que el secreto mayor guardado de Valeria era su sonrisa. Tal vez por ello a ella no le importaba hacerle el favor de unir una guardia nocturna con una jornada diurna, sólo para ser la emisaria camuflada entre Ángel y la chica que amaba.

Mun, the Night Doll

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Este relato es una inciativa de El Cuentacuentos

domingo, febrero 18, 2007

El rey destronado


Te preocupan las agujas. Su marcha silenciosa, decidida y sin pausa a través de esa esfera de cristal. Te preocupa pensar que donde antes había una niña, ahora hay una mujer. Añoras el llevarla de la mano al colegio, el tener que sacar una hora de tu tiempo libre para recrear historias de muñecas y nenucos, o desvelarte para contarme una nueva versión de Blancanieves.

Temiste la llegada de la decena rebelde, pero también su fin. Te lamentas de no haberte sentado conmigo en el tejado para indagar en mi indocilidad, ponerte la piel de mi corazón verde y perturbado y comprender que problema y tontería a veces llegan a ser sinónimos desde otro punto de vista.

Habrías pactado con Cronos encerrar el crecimiento en un diminuto cuerpo sin curvas, redondo y con un rostro curioso y maravillado. Sin embargo, un ocho de cristal sigue engullendo la arena hacia su vientre mientras te aferras a tu trono, pensando que un nuevo inquilino en mi corazón te lo arrebate.

Pero el amor es demasiado complejo y misterioso para reducirlo sólo a la familia, y ningún príncipe podrá sustituir al rey que ha estado presente en cada hora de mi vida; el que me enseñó a sostener y a usar un lápiz o un bolígrafo, el que se sentaba a ver los dibujos conmigo. Aquel rey que me tendía la mano cada vez que me caía y que se rompía la espalda para asegurarme un plato en la mesa y el mejor aire que respirar. Aquél que pondría el mundo a mis pies, si en sus poderes estuviera. Ese rey que se abraza al trono rogando a un implacable reloj que deje su monótono canto.

Ese rey sabe que siempre será mi hombre preferido, ¿verdad?


Mun, Daddy's Doll

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lunes, febrero 05, 2007

Alcohol barato




Abrázame en papel. Sé un cordero disfrazado con piel de lobo. Invéntate un nombre que después pueda olvidar. Te llamaré como a él.

Y no me mires a los ojos. No podrás conocerme.

Haz que tu saliva sea la mía. Sólo por unas horas de morfina. Quiero olvidar mi suicidio.

Y no me mires a los ojos. No me arranques el antifaz.

Desnuda sólo mi cuerpo. Dime que te gusta lo que ves. Pero no me quites la ropa que hay debajo de mi piel.

(Soy hermosa. Haz que me lo crea.)

Sacude mis muslos con la furia exquisita de tu instinto prohibido. Aráñame los huesos hasta hacerme enloquecer con una fascinación ilusoria de la bendición que nunca recibí.

(Me quieres. Haz que me lo crea.)

Bésame. Tócame. Acaríciame. Empújame.

Pero no te enamores de mí.

No voy a mirarte a los ojos.

Sólo eres alcohol barato.


Mun, the Heartless Doll

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martes, enero 30, 2007

Muñecas rotas




Una habitación de risas y festejos,
con bombillas agonizantes;
y una casita de madera
añeja, de colores ocres elegantes;
ésa es nuestra cuna eterna,
nuestro hogar de ilusiones maquilladas.

Somos las muñecas rotas,
con raídos vestidos de princesas
y sonrisas desesperadas.
En estanterías, olvidadas,
no hay quien nos escuche,
pues en nuestros cuerpos de cristal
no hay carreteras para el alma.
Sólo vivimos en pupilas ajenas,
encendidas de admiración fría,
Sólo vivimos en manos descuidadas
que nos desconyunturan en juegos
infantiles, inocentes y crueles.

Muñecas rotas, copias de mujeres,
quimeras de niñas, sueños de
trapo, porcelana y plástico,
bellezas huecas, inmortales, encadenadas
al circo de una sociedad
robótica, gris, superficial.


Mun, the Broken Doll

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Fotografía: Dolly me, de Abakila

miércoles, enero 24, 2007

Hilo

Cómo odio madrugar. Cómo odio el tren a estas horas. Qué bien estaba en la camita. Qué ganas de pillarla otra vez. No llegaré tarde, ¿no? Qué palo me da ir a la uni. ¿Por qué está tan lejos? Al menos voy sentado. Al menos me puedo refugiar de esta falta de aire en la música. Qué buenos son Evanescence, sobre todo esta canción. Breath no more, se parece a Nadia, mi dulce princesa gótica. Qué ganas de que llegue mañana para verla… ¿Qué pasará? Aunque espero acabar esta tarde el trabajo de programación, que vaya palo. A ver si hoy convencemos al Estébanez para que lo ponga para la semana que viene… La semana que viene. Jueves. El cásting. Todavía no me he aprendido el guión… Siempre he soñado con ser Hamlet. No quiero estudiar, yo quiero ser actor, pero hay diez mil como yo. Pero, ¿por qué no? Cada uno lucha por sus sueños, ¿no? Y el mío es este. Escenarios, guiones, un trabajo ameno. Ser Donnie Darko. Un Óscar. Ser Hamlet. Y si me dan el papel, ¿qué hago con la carrera? Ostras, y hoy veré a Santi… Espero que se le pasara lo de ayer… De todos modos hablaré con él. No es posible que se ponga así por una tontería. Aunque tal vez yo debería entenderle un poco mejor, ¿no? ¿Y si se disculpa él? ¿O fui yo quién no debió decir eso? Es un chaval muy raro. Pero es muy buen tío. No creo que siga cabreado, ¿o sí? Anda, mira, esa chica. Muy guapa. Se parece a Nadia, pero Nadia es mucho más guapa. O tal vez no, pero para mí es la más guapa. Con su ropa negra, sus cruces, su carita. Mi ángel. Mi diosa. Mi princesa. Es especial… ¿Y si la beso mañana? Pero no me harán quedar en la biblio esta gente… El trabajo de programación… ¿POR QUÉ GRIT…?

Un ruido ensordecedor acompañado de una explosión que devoró el tren, vagón por vagón, detuvo el hilo de los pensamientos de Andrés. Y cuando la nube de fuego lo engulló, junto a los gritos de horror del resto de pasajeros, el hilo se cortó para siempre. Sin previo aviso. Sin preguntar y sin explicaciones. Y aquella nube de horror cortó 199 hilos más.


Mun, the Lifeless Doll



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domingo, enero 21, 2007

Piel de agua




Tengo la piel de agua,
por eso quiero un vestido de hielo
para salir los días de acero
donde sólo se respira escarcha.

Tengo la piel de agua,
y si miras a través de ella
escucharás a mis venas
susurrar mi sangre sensible;
por eso quiero callarlas.

Quiero cubrirme los ojos
con unas gafas de cuero negro
para que dejen de hablar
en destellos o lágrimas
de todo lo que siento.

Quiero tener el tacto enguantado
para no sentir abrazos falsos,
quiero tener palabras de metal
para hablar sin música acariciada.

Tengo la piel de agua,
por eso quiero bordarme en hielo,
para protegerme del mundo de acero
que quiere arañarme el alma
que se transparenta en mis arterias.

Hasta que alguien me desnude
de este escudo resentido
con un fuego que traspase
mi magullada piel de agua.

Mun, the water-skinned Doll

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lunes, enero 15, 2007

Un poco de publicidad

No me gusta darme publicidad, ya que soy de las que piensa que si algo es bueno, se demuestra por sí mismo y no porque otra persona lo diga. Sin embargo, la ocasión lo requiere, y es el evento anual de los Premios 20Blogs.

Si de verdad os gustan Los secretos de la rosa, no dudéis en votarlo para hacerlo más notable a los ojos del jurado. Sólo tenéis que pinchar en el enlace. Una vez allí, buscad la categoría de blogs de ficción. En la L veréis el mío, o si no, utilizad el buscador poniendo el nombre de mi blog. Allí veréis un botón con una pequeña sugerencia ("vótame") y después de introducir vuestro nombre de registro y contraseña (ah, sí, se me olvidaba, tenéis que estar inscritos en el concurso para poder votar), podéis votarme como blog de ficción (en el que voy más avanzada, así que, si es posible, dirigid mis votos allí) o blog personal.

Por si perdéis el enlace, también lo podñeis conseguir en la esquina superior derecha de mi blog.

Gracias a todos, de antemano.
Mun Light Doll


Vótame



convocado por:
20minutos.es



lunes, enero 08, 2007

La puerta abierta (final)




Había volado escaleras arriba con la locura latiéndole en la entrepierna, y ahora sentía que estaba a punto de estallarle. Su concentración sólo estaba pendiente del cumplimiento de su único deseo, aquel deseo que dictaba el ritmo de su pulso. Y fue por esto que tardó tanto en percatarse de la situación.

La puerta abierta que le saludó al llegar al rellano se le antojaba como una invitación a ejecutar su cometido, pero lo que se encontraba detrás de ella le frenó en seco con una bofetada en mitad del sentido común.

Aquella escena era como una acusación a su conciencia de lo que estaba a punto de cometer, y la objetividad que le concedía su posición le hizo ver lo abominable de su intención. La culpa le ardía en la retina y Enrique se habría arrancado los ojos si no fuera porque su sentido de la justicia le sacó la adrenalina de debajo del pantalón para inyectarla en su puño, que segundos después caía sobre la cara de aquel muchacho que pretendía a poseer a Elena por la fuerza.

La joven, liberada de su destino, vio asombrada aquel joven que se derrumbaba contra la cómoda, tirando algunas cajas de encima de ella, para luego caer al suelo. El temor le había congelado todos los músculos y el único movimiento que se apreciaba en ella eran sus ojos temblando, abiertos hasta estar a punto de caerse de las cuencas, mientras reconocían al joven que se levantaba del suelo, sujetándose el hematoma que florecía en su mejilla.

Pudo reconocer aquel rostro, a pesar de estar hinchado por el golpe, y la sorpresa y la indignación la asaltaron a partes iguales. Aquel desconocido que había intentado poseerla por la fuerza lo había logrado meses antes con menos resistencia. Para ella, había sido un escarceo más, alcohol barato con el que curaba sus heridas de amor ausente. Para él, era un asunto pendiente con su orgullo.

Y Enrique también reconocía al hombre que había golpeado para salvar a la mujer que envenenó su entendimiento. Rubio y atractivo, con un cuerpo atlético que se levantaba del suelo para escupir con la mirada al fotógrafo, el cual lo clasificaba en los recuerdos inamovibles de aquella tarde en la que decidió olvidar a Elena para siempre. Y antes de intentar recordar el nombre del joven, éste se abalanzó sobre Enrique para devolverle el golpe.

Iba directo a la boca, pero el instinto de supervivencia del fotógrafo consiguió frenarlo usando el antebrazo de escudo. Sin embargo, no le sirvió, ya que el chico le golpeó la cabeza con el otro puño. Enrique le quiso responder con otro golpe, y acabaron sujetándose los brazos y empujándose por el pasillo. Se habían olvidado de Elena; sólo importaba derribar al otro, sacarlo de aquel escenario y resguardar la propia integridad física.

Se habían olvidado de Elena, y aquello fue un error para uno de ellos. Marcos, cuyas pupilas sólo captaban un primer plano de Enrique forcejeando, notó algo tan pesado como una pisada de dinosaurio aplastándole el cráneo, y después la imagen de su contrincante se tiñó de escarlata líquida. Cuando su mejilla aún dolorida golpeó el suelo, dejó de pensar.

Enrique la vio de nuevo delante de él. A pesar del desprecio exaltado que centelleaba en sus ojos, a pesar del bate ensangrentado que blandía furiosa con ambas manos, le seguía pareciendo bellísima. Elena dejó caer el arma improvisada al lado de su antiguo amante y después se dejó caer sentada contra el mismo muro que había mirado mientras su alma estuvo a punto de ser apuñalada. Los nervios le habían inutilizado las piernas y apenas podía sostenerse en pie. Las lágrimas sollozadas se escapaban de sus ojos de muñeca, mezclándose con el rímel que, según Enrique, ella no necesitaba. Su apetitosa boca se contraía en una mueca monstruosa y, avergonzada, ocultó su tristeza en las rodillas.

Enrique recuperaba el aliento a medida que la contemplaba una vez más. Se percató de que aquella falda negra y corta le revelaba más piel que la que había podido contemplar en ella desde que la conocía. Apreció sus piernas largas, finas y bien torneadas, y su vecino evaluó que la arquitecta de la genética había hecho un gran trabajo con ella. No obstante, esta vez no la miraba con deseo, sino con una devoción inocente y fascinada, como aquél que contempla una obra de arte. El conocimiento de lo que había estado a punto de sucederle le inspiró compasión y un sentido del deber de consolarla. Así, se hincó de rodillas a su lado y la abrazó con cuidado, como si estuviera hecha de cristal. No quería oprimirla contra el pecho, por miedo a ahogarla o hacerla sentir incómoda.
–Menudo cabrón– gimió ella, apoyando el rostro sobre el hombro de su vecino.
Enrique se sintió anonadado al sentir aquellas manos de terciopelo aferrarse a su chaqueta, aquella boca húmeda y gimiente contra la clavícula, aquellos ojos convirtiéndose en agua justo encima de su hombro. Torpe e hipnotizado, le acarició la espalda nacarada.
–¿Lo conocías?
–Cabrón… Me lié con él una vez y le dejé bien claro que nunca más.
–Ah…
–Gracias por socorrerme… Es un hijo de puta enfermo.
–No… no es nada… no me des las gracias…
–Hijo de puta… Estaba loco… Seguro que me ha estado siguiendo este tiempo, espiándome hasta poder dar conmigo…
–Ya lo sé… Pero ya pasó… Llamemos a la policía… Tú ve al comedor, te haré una tila…
Entonces, Elena se incorporó. No sin antes taladrarle el alma con la mirada.
–A estos psicópatas deberían arrancarles el pescuezo, ¿no crees?
–Tal vez.
Mientras la joven se dirigía al comedor, Enrique advirtió que la puerta seguía abierta. Pero no estaba seguro si alguna vez se volvería a cerrar.


Mun, the Untrustful Doll

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martes, diciembre 19, 2006

La puerta abierta (IV)



Pero resulta que a veces las paredes pueden ser al mismo un muro y un velo. Y eso lo sabía Enrique, cuya oreja masoquista y curiosa se aplastaba contra la pared de la habitación. Al otro lado estaba el cuarto de Elena, cuyos gemidos desesperados apenas se percibían, antojándose para su vecino como puñales exquisitos. Cada uno le dibujaba en su mente una Elena lasciva, en el apogeo de su esplendor, cabalgando con los ojos vacíos a un atractivo desconocido, papel que él interpretaba en su imaginación. Mientras intentaba captar más sonidos del otro lado del muro, Enrique se mordía el labio inferior, azotado por la rabia y la lujuria. Habría querido derribar el tabique para conocer la desnudez de la ladrona de su sensatez, poseída por el embrujo de sus instintos primarios, para después indagar en ella con su propia carne. No obstante, otro lado de él le arrancaba de aquella pared para impedir el creciente sufrimiento que incendiaba su ira. A pesar de todo, Enrique se aplanaba contra el muro, usando de cámara oculta su oído mientras la joven se deshacía en sudor, saliva y aliento.

Finalmente, los gemidos cesaron y la pared le mostró a Enrique una paz aparente. En el espacio de dos minutos, que al hombre le parecieron dos horas, no se oyó el más leve crujido. Después, dos murmullos, uno masculino y otro femenino, se enlazaron en una conversación pausada e indescifrable. No se trataba de una discusión, ni de un intercambio animado, a juzgar por el volumen de las voces y la naturalidad en ellas. Al cabo de unos diez minutos, aquellos murmullos se desplazaron fuera del cuarto, acompañados de unos pasos. Enrique salió de la habitación y fue hasta la puerta de la calle, guiado por los ruidos. Clavó el ojo en la mirilla y buscó el mejor ángulo visual para captar a Elena, vestida con un pijama rosado de tirantes y pantalón corto, junto a su amante, que la miraba compungido mientras le asía las caderas.
–…es lo mejor.
–…pero…
–…yo ahora no busco nada, Marcos, sólo divertirme…
–Pero no me conoces, podríamos darnos los móviles, quedar…
–Es mejor que no…
–…no sabes cómo soy… a lo mejor te sorprendo…
–…que seas un chico estupendo, pero ahora mismo…
–…no podrías…
–…más difícil, por favor…
–Como quieras.
Después de aquella conversación, que Enrique oyó velada, el joven rubio se fue sin mediar palabra, con la expresión intacta, mientras que Elena volvió hacia dentro. El fotógrafo fue a la cocina para conversar con su lógica y su demencia mientras cenaba. Sin embargo, el pesado bloque de cemento acomodado en su estómago le impidió digerir alimento alguno. Se dio cuenta de que la dureza de las palabras de la chica le había arañado a él también. Eran ínfimas las posibilidades de poseerla, y todas ellas eran espejismos que transmutarían en realidades efímeras. Y bien sabía él que una noche no sería suficiente, sino que le envenenaría la sed hasta acelerar su camino a la muerte de su cordura. Entonces la lógica gritó más que la demencia, y Enrique resolvió aquella discusión con la medicina de la distancia: no la buscaría nunca más y empezaría a buscarse otro lugar donde vivir.

Durante dos meses consiguió esquivar con éxito a su vecina, a pesar de que no fue tan afortunado con la búsqueda de una nueva vivienda. Sonreía agradecido cada vez que veía aquella puerta cerrada, o cuando salía o entraba de casa y no había rastro de su presencia. Con el paso de las semanas, Enrique notó que se desintoxicaba; estaba más centrado en el trabajo, a pesar de seguir siendo un androide inanimado. Recordaba a Elena como una anécdota más de su vida, una bella mujer que le había hecho tambalear el sentido común. Pero nada más. Hasta el día en que se cruzó su imagen de nuevo.

Fue de camino a la biblioteca del barrio, mientras buscaba el carnet de socio en la cartera. Y lo consiguió sacar, junto a aquella fotografía desde la cual aquella preciosa enfermera le sonreía mientras empujaba una silla de ruedas. Aquella sonrisa en papel zarandeó el pulso sedado de Enrique, junto con la viveza del recuerdo de aquella joven y el deseo urgente y malherido que sólo ella sabía provocarle. Elena en la entrada de su nuevo piso. Elena asustada en el portal. Elena sacando a pasear a un anciano. Elena devorando a su amante. Elena rechazando a su amante. Sin apenas hablar con ella, sentía conocerla como a su más íntima amiga. Y tuvo la certeza de que si esa misma noche no conocía el tacto de su piel, moriría. Así que deshizo el camino de la biblioteca hasta su casa, rebosante de valor y decidido a saltar cualquier obstáculo con el fin de hacerla suya. Incluso si aquel obstáculo era la oposición de la joven a sus peticiones sensuales.

Cuando llegó, la puerta estaba abierta.

Mun, the Mad Doll

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miércoles, noviembre 29, 2006

La puerta abierta (III)



Fue mientras él se dirigía al trabajo cuando la vio de nuevo y comprobó que ella no le reconocía. Enrique buscaba tranquilizantes para su conciencia en forma de excusas, mientras sus reflejos procuraban no despistarse del camino a la agencia. Y, a pesar de ello, quedaron obnubilados al detectar a Elena en el campo de visión. Enrique se anotó un tanto, al poder sacar nueva información de ella, que le proporcionaron la vestimenta y la compañía que traía.

La joven empujaba una silla de ruedas en la que reposaba un diminuto anciano con los ojos vacíos, la piel de pergamino y el cuerpo derrotado por la erosión de los años. A Enrique, su vecina se le antojó como un ángel, al verla ataviada con aquellos pantalones y blusa blancos, tan límpidos que parecía verse el alma debajo de la tela. Sin embargo, el bordado azulado en el pecho, con la insignia del hospital general de la ciudad, le reveló a Enrique una realidad mucho más terrenal.

Esta vez, más que la acentuación de su interés pasional por su vecina, Enrique sintió el temor de que ésta le reconociera y le catalogara como un loco. Sin embargo, cuando la tuvo a tres metros de distancia, no vio en sus ojos alarma ninguna, sino que éstos se deslizaron a través de él como si se tratara de un transeúnte cualquiera, o incluso de un elemento más de la calle. El hombre agradeció aquella falta de memoria de su diosa, aunque también lamentó ser un trozo más de aire para ella. Entonces recordó el día pasado y lo comparó con el que se le avecinaba: después de aquel encuentro fortuito, no la volvería a ver hasta la noche, y la posibilidad de cruzársela al volver a casa era tan frágil como su espíritu ante esa mujer.

No obstante, la lumbre del deseo del fotógrafo le encendió la imaginación con la audacia suficiente para encontrar un consuelo. Buscó dentro de su macuto la herramienta principal de su trabajo y apuntó con ella a Elena, que acababa de pasar por su lado. Agazapado en el medio de la acera, buscó el mejor encuadre y disparó, encerrando así la imagen de la muchacha en el carrete, mezclada entre modelos de belleza inalcanzable.

Ante la indiscreción del clic, Elena detuvo la silla de ruedas y se giró. Su expresión anonadada volvió a infundir el miedo en Enrique. Y entonces sucedió algo insólito.

Los labios de la joven se curvaron en forma de un arco adorable y se entreabrieron, permitiendo ver a su admirador una hilera de dientes parejos, sin falla alguna. El sentido de Enrique se vio golpeado por el florete de aquella sonrisa, que hizo para él una Elena aún más hermosa. Con la cámara entre las manos, sacó de nuevo otra foto, justo antes de que ella le dirigiera la palabra por primera vez.
–Supongo que es para el reportaje, ¿no?
La dulzura de aquella voz sólo era comparable con su rostro. Enrique lamentó que su cámara no tuviera grabadora de sonido. Y que su garganta, en aquel momento, no tuviera reproductor de sonido. Sólo un esfuerzo inconsciente le hizo asentir, en respuesta a la pregunta de la chica.
–Esta mañana he visto a tus compañeros por el patio y las habitaciones. Ya me dijeron que vería a alguno por la calle, aunque aquí no verás a muchas de nosotras. Pero hay algunas en el parque, donde llevamos a pasear a los ancianos a menudo. Bueno, yo sigo a lo mío. ¡Nos vemos luego!
La única reacción que tuvo Enrique fue la de llevarse la mano al pecho, aunque no sabía si fue para sujetarse el corazón o para comprobar que seguía vivo. Cuando pudo reponerse, guardó la cámara en el macuto y se dirigió a la agencia.

Nada más entrar, se dirigió a la sala de revelados, dispuesto a rescatar la imagen de su musa del carrete. Envuelto en luces rojizas y en una apacible soledad, Enrique esculpía en el papel mudo las muñecas de sonrisa fingida y actitud de plástico que llevaban escondidas. Dejó para lo último a su vecina, para poder aplicar toda su concentración y habilidad en la creación de la estampa que adoraría durante toda la jornada laboral. Hizo este revelado con sumo cuidado, como si realmente estuviera bañando el cuerpo de la joven. Aquella sola idea le despertó la sangre a llamaradas, y también la impaciencia por tener aquella fotografía lista.

Poco antes del desayuno, Enrique se encerró en el baño con la fotografía de Elena en el bolsillo. La sacó y se le cayeron los ojos en ella, orgulloso de haber podido retratar la belleza y la alegría de la joven mediante una confusión de ésta. Se preguntó si esa noche al volver a casa lo reconocería, y se respondió que si así fuera, podría mantener una conversación con ella. Y aquella conversación podría acabar, quizás, en una combate entre sus pieles, sus manos, sus labios, sus salivas, sus respiraciones, sus anhelos. Comenzó a besar aquella estampa con la misma pasión febril con la que besaría su carne y empezó a hacerle el amor mentalmente, mientras su mano se agitaba con furia bajo el pantalón. Después de explotar en el clímax, se dejó caer sentado en el retrete, con la fotografía apretada contra el rostro, mientras la manchaba con abundantes lágrimas de impotencia. Aquel papel no era Elena, sino un espejismo de ella con el consolar su síndrome de abstinencia hasta otro nuevo encuentro casual. A pesar de vivir pared con pared, era consciente de la distancia que les separaba. En aquellos escasos encuentros, él conoció su nombre, su profesión y su estado civil, mientras él era para ella el vecino de la puerta de al lado, un maníaco y un reportero; todos ellos exentos del privilegio de estar en sus recuerdos. Y más aún del de entrar en sus posibles intereses afectivos.

A pesar de todo, la jornada laboral fue provechosa: su jefe le felicitó por sus trabajos e incluso le encargó una sesión fotográfica para una revista de moda de alto prestigio, lo cual le abriría las puertas a un aumento de sueldo o a un posible ascenso. Aquel éxito inyectó el optimismo en Enrique, que se dirigió a su casa embistiendo a la noche con una decisión determinada de llamar al timbre de Elena y presentarse como su vecino.

Sin embargo, cuando llegó a casa, comprendió que no le hizo falta llamar y que no convenía molestarla.

El súcubo que devoraba sus sueños estaba intentando abrir la puerta a duras penas, con la única mano libre que tenía, mientras apagaba la urgencia de una libido ávida en un joven de cabellos rubios, que recorría su boca, su cuello y el inicio de su escote con besos impacientes. Enrique volvió a oír aquella voz en forma de jadeos suplicantes, del mismo modo que le habría gustado oírlos contra su oído, mientras él ocupaba el lugar de aquel extraño a quien pertenecían los abrazos de la joven.

Aquella funesta visión duró menos de cinco segundos, lo justo que necesitaba Elena para conseguir abrir la puerta y desaparecer a través de ella con su amante. Justo antes de volverla a cerrar, Enrique alcanzó un atisbo de sus ojos, en los que en lugar de aquel candor infantil veía ahora una lujuria vampírica, regalada a un joven que habitaría el mismo paraíso que esa misma mañana el fotógrafo retrató en el baño de su agencia. Embriagada con el néctar de Venus, la joven no reparó en su vecino, que se quedó desolado ante la puerta cerrada, a la que propinó un golpe mojado en lágrimas de ira, para después dejarse caer contra ella, luchando contra su propia decepción.

Tenía que ser mía, se quejó Enrique, sentado contra la puerta de su vecina. ¿Quién era ése? ¿Qué hizo para llamar su atención o conseguirla? Aquel guionista oculto había escrito la historia para otro hombre y él no estaba de acuerdo. Quería llamar al timbre, decirle que era él quien le convenía y quien la deseaba de verdad, que si no le quería que dejara de aparecerse su retina, en su pulso sanguíneo e incluso en su aliento.
–Perdona, ¿estás bien?
La áspera voz de una vecina anciana y vulgar le devolvió a Enrique la noción de realidad. Su estupefacta mirada acuosa entre bolsas de carne le dio a entender que, además, su figura sentada contra la puerta de la nueva vecina le daba una imagen ridícula. Y sin decir más, Enrique se levantó, saludó a la anciana con un ademán y desangró su pena en su propia casa, resguardado entre sus muros ermitaños.

Mun, the Lustful Doll

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miércoles, noviembre 15, 2006

La puerta abierta (II)


Al día siguiente, al salir de casa, se quedó de nuevo ante la puerta de su nueva vecina. Esperó inmóvil ante ella, deseando que el picaporte girara para revelar de nuevo el embrujo que le había atrapado sin razón. Sin embargo, la puerta permaneció tan quieta como él. Así que el joven bajó hasta el portal y buscó entre los buzones gemelos una pista que le acercara más a aquella mujer, sin necesidad de habérsela cruzado esa mañana. Y la encontró. En la casilla que se encontraba al lado de la propia había una tarjeta blanca con el nombre de la nueva dueña, escrito con una pulcra caligrafía, en bolígrafo azul: Elena Esparta Quimera. Después de grabar el nombre en su atención y su memoria, Enrique se enfrentó a su jornada laboral con una sonrisa triunfal; aquella placa le había dado más información de la aparente: no sólo le proporcionó el nombre de su objeto de adoración, sino que también le informaba de que éste vivía solo, lo cual le allanaba bastante el camino.

El día transcurrió sin pena ni gloria, aunque los compañeros de Enrique lo notaron extraño. Tenía la mirada perdida y todos afirmaban que se había dejado la mente soñando en algún lugar. Los más fisgones discurrían la posibilidad de que hubiera aparecido un nuevo amor en la vida del fotógrafo. No obstante, aquellas hipótesis permanecían en su estado etéreo cuando, en un intento de confirmarlas, Enrique les respondía con una mirada de cuchillo.

Por su lado, el hombre iba experimentando una angustia creciente a medida que dejaba morir el tiempo en la agencia. Deseaba pulsar el fast-forward del control remoto de su vida para situarlo a las ocho y media, la hora en la que solía llegar a casa. Su vista necesitaba una urgente dosis de Elena; ansiaba pasear de nuevo los ojos en su esbelta figura de hada, sondar aquella mirada de uvas traslúcidas, provocar otra sonrisa educada en aquellos labios de niña inmaculada. Bien sabía que, por el momento, tocarla era más que imposible, pero necesitaba de nuevo su presencia para tranquilizar el pulso encabritado de sus venas.

Y pudo tener aquella dosis, precisamente a la hora esperada. Ambos vecinos se cruzaron en el portal y Enrique sintió como el esófago se le desprendía del estómago. La veía venir en dirección opuesta a él, cargando una bolsa negra y grande en forma de maletín. Vestía unos tejanos y una camiseta deportiva que le perfilaban mejor la silueta que el chándal del día anterior. Además, advirtió el detalle de la melena, que el día anterior llevaba recogida y que ahora, liberada sobre los hombros, pudo apreciar mejor. Bucles de color avellana, bien dibujados alrededor de aquel rostro delicado e infantil, acentuaban aún más la belleza de la joven. Enrique la continuó escaneando hasta tenerla a tan sólo dos pasos de él. Y entonces comprendió que estaba realmente eclipsado cuando vio cierta cautela hostil en la mirada de la joven.
–Hola… –alcanzó él a decir con un hilo de voz.
Esta vez no obtuvo la sonrisa cordial del día anterior. Con súbita prisa, Elena sacó de un bolsillo del pantalón una llave con la que abrió el portal para después desaparecer escaleras arriba, sin esperar a su vecino ni permitirle pasar primero, con la misma rapidez que mostraría una ninfa huyendo de un sátiro enloquecido.

Poco después, Enrique subió por el ascensor, abatido por lo que había sucedido con ella. La sola idea de que su mirada intimidara a la muchacha le creó malestar y cierto sentimiento de culpabilidad. Una vez más, se encontraba de pie ante la puerta de al lado de su estudio, cerrada una vez más para él. Pensó en llamar al timbre y disculparse por lo sucedido. Estaba dispuesto a explicárselo; confesarle que le parecía demasiado hermosa como para actuar con naturalidad ante ella, pero no tardó en descartar aquella posibilidad, pues sabía que aún le tomaría por más loco. No volveré a verla hasta mañana, se recordó a sí mismo, atemorizado. Y si la veo, ¿cómo haré para que olvide lo de ahora?

Al día siguiente, Enrique no vio motivo para preocuparse de ello. Cuando se cruzaron de nuevo, Elena ya había olvidado el rostro de su vecino. Su mala memoria era el gran defecto de la joven, que le impidió recodarle de nuevo meses más tarde, cuando dejó la puerta de su casa abierta.

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jueves, noviembre 09, 2006

La puerta abierta (I)


Meses antes de aquello, Enrique era, en el sentido más figurado de la palabra, un muerto viviente. Tenía veintiocho años y no tenía ilusión por nada en la vida, ni tan sólo en la fotografía, una pasión adolescente de la que hizo su profesión adulta. De hecho, no recordaba la última vez que algo le había provocado un latido en su corazón. Era un androide de carne y hueso, programado para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Vivía solo en un pequeño estudio en el centro de la ciudad y la austeridad de su vivienda reflejaba el eterno vacío de su interior. Pocos muebles a su alrededor y en su cabeza; todos cubiertos de un manto de polvo que cada día se hacía más grueso.

Era huérfano, no tenía más familia que él mismo y había estado viviendo en soledad desde los diecinueve años. Abandonó a los pocos amigos que había tenido en su vida al dejar su pueblo natal, y la pereza de marcar sus teléfonos o de escribirles un sencillo correo electrónico acabó deteriorando el vínculo entre ellos. Asimismo, tampoco podía estar orgulloso de su vida amorosa. A lo largo de su vida había tenido tres relaciones, ninguna de las cuales superó los tres meses de duración. Todos sus idilios fracasaron a causa de dos razones computables: o bien el trato diario acababa revelando a Enrique que el motivo de aquella historia era el miedo a la soledad más que el enamoramiento, o bien la fascinación que sus parejas experimentaban se esfumaba en cuanto desistían ante el infranqueable muro que Enrique imponía entre él y el mundo.

En efecto, pocas personas habían mantenido una conversación sustanciosa con él. Hablaba poco y su rostro tenía la expresividad de una estatua en permanente indiferencia. Sus compañeros de trabajo eran las personas con las que más trataba y ellos mismos afirmaban que parecía que le doliera hablar, como si tuviera la lengua paralítica. Además, sus palabras no iban más allá de cuestiones profesionales.

Sin embargo, aquel muerto viviente cobró vida el día que vio a Elena por primera vez.

Se la cruzó por casualidad. Él regresaba a casa del trabajo y la vio en la puerta de al lado, entrando en el piso contiguo con una abultada caja entre sus brazos. Debido al trabajo que tenía en una revista de moda que pasaba por los quioscos sin pena ni gloria, Enrique había tratado con mujeres despampanantes. No obstante, Elena era la única que le había provocado un paro en su corazón, a pesar de poseer una belleza más discreta. Era un poco más baja que él y tenía una figura esbelta, sin curvas escandalosas y poco favorecida con aquel chándal azul. Su rostro parecía haberse quedado estancado en la niñez; el verde de sus ojos de gacela parecía líquido traslúcido, y su mirada estaba llena de vida. Y fueron aquellos ojos, enmarcados en pestañas que no necesitaban rímel, lo que empujaron el corazón de Enrique hasta la garganta, impidiendo que éste pudiera articular un “hola”. Ella tampoco pronunció palabra alguna, pero, al notar la presencia de su futuro vecino, lo saludó con un ademán y una sonrisa en sus labios que denotaban más cordialidad que interés.

Cuando la joven cerró la puerta tras ella y la caja, Enrique se quedó en el rellano, con la mirada fija en el rectángulo de madera. Una parte de él se acercaba al timbre y lo pulsaba, ella abriría y él se presentaría como su vecino, ella haría lo mismo y seguidamente la arrastraría a una conversación en la que indagaría en su vida, su pasado, sus gustos, sus intereses. No obstante, otra parte de él, el verdadero Enrique, se quedó paralizada ante la puerta sin más acción que la de preguntarse cuándo volvería a ver a esa joven. Derrotado por su pusilanimidad, regresó a su hogar y se dejó caer en el sofá, en el que consultó la manera más apropiada de acercarse a la joven y saber al menos su nombre.

Mun, the Strange Doll

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domingo, noviembre 05, 2006

La puerta abierta (Prólogo)

Aquella puerta abierta era para él una invitación al cumplimiento de su deseo. Aquel deseo que se había convertido en una enfermedad y que le hizo ver el sentido más literal a la expresión “volverse loco por una mujer”.

Tras aquella losa de madera por fin veía, compartiendo espacio con él, la cura de aquel tormento, que recogía en aquel momento la cartera, que había olvidado sobre la mesita del recibidor y que se disponía a meter en el bolso…


Elena jamás lamentó tanto dejarse la puerta abierta. Gritando contra la mano dura de aquel desconocido que ni se molestó en esconderse tras un sucio pasamontañas, se preguntaba si era demasiado tarde para zafarse de aquella escalera al infierno. Sus pupilas dilatadas, a punto de caerse fuera de las órbitas, sólo encontraban la pared contra la cual estaba prisionera. Un muro amarillo, desde el cual el Puente de la Torre de Londres, transformado en pintura anónima, la miraba con compasión e impotencia. Un muro amarillo contra el cual un robusto cuerpo la estrechaba y le impedía ver lo que estaba ocurriendo.

En realidad, prefirió no verlo.

Pero prefirió más no sentirlo. Sus gritos se elevaban, agudos, luchando contra aquella mordaza de carne y hierro, mientras que en un relámpago de segundos oía la otra mano desabrochar una cremallera, alzarle la falda y desgarrarle la ropa interior con la violencia de aquel anhelo patológico.

Nunca debió haber dejado esa puerta abierta, se repetía en sincero arrepentimiento. Sin embargo, Elena no sabía que su atacante también se arrepentía de no cerrarla. En el momento que un puñetazo ajeno a ella le demostró que aún no era tarde.



Mun, the Frightened Doll

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